Capítulo 9

Disturbios en Barcelona durante la madrugada

A lo largo de la noche y de la madrugada, se han localizado varios disturbios en distintos puntos de la ciudad. Hasta ahora, los distintos cuerpos policiales trabajan para reducir este elevado número de personas que corren por las calles arremetiendo a los ciudadanos. Por ahora, se desconocen los motivos de esta ola de violencia, pero ya se cree que haya relación, debido a la gran coordinación mostrada.

Periódico La Vanguardia, 29 de junio de 2019, a las 04:13 horas.

Eva dormía plácidamente en su grandísima cama de matrimonio. Toda para ella sola, ya que era mujer soltera. Inmersa en sus sueños no sospechaba en absoluto lo que estaba ocurriendo en la ciudad de Barcelona. Su hogar era un apartamento espacioso y muy moderno de la localidad de Rubí, muy cercana a la ciudad condal.

Su móvil en silencio estaba recibiendo numerosas llamadas de su director y de varios de sus compañeros. Ella era incapaz siquiera de ver la luz que desprendía el celular en cada una de esas llamadas y despertarse. En sus sueños más profundos nada ocurría en Barcelona.

Al cabo de media hora, el timbre de su piso resonó con fuerza en todo el hogar y despertó de un susto a Eva, que se quedó en trance, sobresaltada y con sueño a la vez. El timbre volvió a sonar dos veces más. Eso disipó las dudas que podía tener la periodista de que el primer timbrazo hubiera sido un sueño.

Sin levantarse de la cama, cogió el móvil de la mesita de noche y vio un sinfín de llamadas de su director y de sus compañeros. También varios WhatsApp en el que se le pedía que despertara y cogiera el teléfono.

Eva, antes de atender la llamada del timbre, devolvió una de las llamadas de su móvil. Concretamente, la de Miquel Espinosa pensando que era mejor hablar con él primero antes que llamar al director. El compañero no tardó más que dos segundos en responder al teléfono.

—¡Maldita sea, Eva! Te he fulminado a llamadas y no coges el puto teléfono —dijo la voz carrasposa de Miquel.

—¿Qué ocurre? —preguntó desorientada—. ¿Eres tú quién ha llamado al timbre de mi casa?

—¡Pues claro, joder! No te estás enterando de una mierda, ¿verdad?

—No. ¿Qué pasa? —preguntó mientras se limpiaba las legañas con su mano.

—Barcelona es un caos. Hay violencia por todas partes. Ya hay decenas de muertos y centenares de heridos.

Al principio, no se creía absolutamente nada de lo que su compañero le decía histérico por el celular. De hecho, a Eva la situación le parecía todavía un sueño del que no se había despertado. Pero mentalmente relacionó enseguida esta breve información de Miquel con la última noticia leída en la calle Balmes antes de dormir.

Mientras escuchaba la rápida y urgente explicación, ella se levantó de la cama, cogió el mando de la televisión y la encendió pulsando el botón. Se quedó boquiabierta cuando, haciendo zapping, vio que varias emisoras locales informaban de reyertas y vandalismo en la ciudad de Barcelona, con centenares de heridos y decenas de muertos. De hecho, estuvo más de medio minuto embobada sin prestar atención alguna a su compañero, que estaba al otro lado de la línea pidiéndole urgentemente que saliera de su apartamento para ir a Barcelona a trabajar.

Eva obedeció, colgó la llamada y, como una bala, fue a su vestidor a ponerse ropa cómoda con la que realizar el trabajo de investigación, ropa de calle normal. Se vistió, se echó desodorante y colonia, preparó el portátil y salió de casa sin pasar por el baño a maquillarse. No había tiempo para ello. Tampoco para desayunar, ya habría tiempo de hacer eso en el coche de camino a la ciudad condal.

Debajo del bloque de pisos donde tenía su apartamento estaba esperando Miquel para ir a Barcelona. Seguramente, todo lo que estaba pasando iba a salir en muchos canales, entre ellos TV3. Y el equipo Descobreix parecía tener orden de ir a informar allí.

—¡Joder, Eva! Estás horrible —dijo Miquel bromeando con su aspecto cuando entró ella al vehículo.

—¿Desde cuándo estás despierto? ¿Sabemos el porqué de estos disturbios? ¿Qué está ocurriendo exactamente? —preguntó ella.

—Esto ya viene de varias horas atrás. No podía dormir y, alrededor de las dos, en varios portales ya aparecían noticias como la que estás leyendo. Me enganché leyendo cada vez más sucesos y, bueno, aquí estoy, horas más tarde.

—¿Pons te ha llamado a ti también? —preguntó ella.

—Sí. Y no he dormido en toda la noche —dijo mientras ponía en marcha el vehículo.

—Nosotros no nos encargamos de la actualidad —explicó ella—. Nuestro trabajo es investigar casos que seleccionamos o nos seleccionan, pero si Pons ha tenido que acudir a nosotros para informar es porque lo que está ocurriendo en Barcelona es grave.

—Mucho más que grave, Eva. Por todo lo que he seguido durante la madrugada, nunca había visto algo así en esa ciudad.

—Vale. Informaremos de todo lo que veamos, pero paralelamente investigaremos lo que creamos conveniente.

Eva tenía un estatus en el que hacer de reportera a pie de campo no le hacía mucha gracia. Ya estaba hecha a investigar casos al margen de la actualidad periodística. Pero la orden del director prevalecía sobre todo lo demás.

—¡Joder! Tengo el WhatsApp lleno de vídeos de peleas y trifulcas. ¿En serio esto es Barcelona?

Eva miraba asombrada los vídeos de su móvil desde el lado del copiloto del coche de Miquel. Este conducía su Nissan Qashqai blanco concentradísimo, mirando al frente. Su semblante era serio, más de lo habitual, ya que él era serio de por sí. Era un hombre de mediana estatura, algo más bajito que Eva. Cuarenta y ocho años. De pelo corto, con entradas, moreno, ojos saltones marrones y perilla. Era un buen compañero, aunque era un tipo muy raro. A veces, parecía tener doble personalidad y era complicado saber si decía las cosas en serio o solo eran bromas. De todo el equipo, Miquel era el más distante de todos.

Habían salido ya de la localidad de Rubí y habían tomado la autovía A-2 dirección Barcelona. Los primeros diez kilómetros por esa autovía fueron bastante normales dada la hora que era, todavía de noche. Pero fue a la altura de cinturón litoral cuando comenzó a haber un tráfico más denso. Esto ya no era tan normal a las cinco de la mañana. Y menos habitual estar parado a la altura de Sant Joan Despí sin poder avanzar del colapso de coches que había para entrar a la ciudad.

—¡Venga, no me jodas! —exclamó Miquel.

—Puede que haya algún altercado en la entrada de la ciudad y estemos parados por eso —dijo Eva sin levantar la mirada del móvil.

—Imaginaba que pudiera haber algo de retención, pero me ha sorprendido esta larga cola.

—¿Dónde están Carles y Kube? —preguntó sin dejar de mirar vídeos que tenía en el WhatsApp.

—Kube no ha dado señales de vida todavía y Carles estará yendo a Barcelona desde Granollers.

Miquel volvió a poner volumen a la radio del vehículo, previamente quitado por Eva para poder oír bien los vídeos que le llegaban al móvil en las distintas redes sociales. No paraban de oírse noticias de disturbios en distintos puntos de la ciudad. Hablaban de muchos más heridos y muertos que media hora antes, cuando Eva aún estaba en el quinto sueño.

—¿Has visto este vídeo? —preguntó sorprendida.

Ella acercó el teléfono a su compañero. El vídeo se veía desde arriba, desde el balcón de un tercer piso de una avenida estrecha. Una avenida del Raval. En él se veía cómo un coche de policía de los Mossos d’Esquadra se marchaba de la escena de un crimen, frenaba de repente y se bajaba un policía. Este, segundos más tarde, acribillaba a tiros a una persona que se acababa de levantar del suelo, volándole la cabeza en un último disparo.

El vídeo era impactante. Y era solo uno de los tantos al que Eva tenía acceso en las distintas redes sociales que entraba. También le llegaban al correo de su ordenador portátil del trabajo, el cual tenía abierto y con el wifi del coche de Miquel.

Vídeo tras vídeo, Eva y Miquel perdieron un poco la noción del tiempo. Parados en el colapso de la autovía. La incredulidad del momento los tenía con la mirada pegada a los móviles y a los portátiles, y poco les importaba estar retenidos en la autovía sin poder avanzar. De hecho, comenzaba a amanecer.

Varios autogiros enormes pasaron por encima, a pocos metros del Qashqai blanco de Miquel. Eva salió del vehículo para intentar ver algo que le llamó la atención. El cielo, parcialmente negro, impedía ver con claridad las aeronaves que surcaban la atmósfera de la ciudad de Barcelona y su área metropolitana. Pero parecía haber muchos helicópteros y aviones de distintos tamaños sobre la ciudad.

Una de las aeronaves a rotor que pasaron sobre el coche de Miquel era gigante, de color de camuflaje negro y gris, y portaba una estructura negra de gran envergadura colgando con cadenas. Parecían muros de contención enormes. Esos muros de aspecto metálico tenían aproximadamente unos diez metros de largo, cuatro metros de altura y tres metros de grosor. La parte superior de cada muro parecía tener una ancha plataforma con unas barandillas gruesas como si fueran las rejas de una celda.

—Miquel, baja del coche y graba todo lo que veas.

—¿Qué estás pensando? —preguntó confuso Miquel.

—Vamos a ver dónde van a colocar esos trastos que llevan.

—¿Y mi coche? ¿Lo vamos a dejar aquí en medio?

—¡Olvídalo! Esto no va a avanzar y tenemos trabajo que hacer —finalizó Eva muy incisiva.

Miquel salió del Qashqai, abrió la puerta trasera y cogió su cámara. Ambos caminaron hacia Barcelona entre los demás coches que había colapsados en los carriles de la autovía, bajo la incredulidad de los espectadores, donde muchos ya se habían atrevido a salir de sus respectivos vehículos para observar. Los cuatro carriles estaban al completo. Un atasco monumental.

Eva caminaba pegada al móvil, pero ahora buscando información en Google sobre estructuras metálicas de gran dimensión, portátiles y manipulables con helicópteros. El objetivo de esa búsqueda era encontrar las finalidades de las mismas para hacerse una idea de lo que se estaba cociendo en Barcelona. Se sabía que estaba habiendo un alto nivel de vandalismo, pero no tenía claro la intención de esos muros.

A unos kilómetros de distancia de donde estaban los periodistas, se veía cómo las aeronaves, una a una y de forma muy coordinada y ordenada, iban depositando esos muros de contención a la altura de lo que ya era Esplugues de Llobregat, medio kilómetro antes del acceso a la Ronda de Dalt. A los lados de la autovía también se veían otros helicópteros iguales de grandes, depositando los mismos diques en otras carreteras y accesos de Barcelona. E imaginaba que en la otra punta de la ciudad podía estar sucediendo lo mismo.

—Están sitiando la ciudad —afirmó Miquel—. Debe ser algún ataque terrorista o algo por el estilo y no quieren que escapen.

—Por lo que veo en Google, los helicópteros grandes que portan estas estructuras son alemanes. Modelo Sikorsky CH-53 Sea Stallion. Para nuestra información.

Quedaban muy pocos metros para observar desde bastante cerca el punto exacto donde habían alojado varios de esos muros. Se veía movimiento de personas en ese lugar. Muchos de ellos, fuera de los vehículos, caminaban en sentido contrario a los periodistas. Prácticamente, todos desconcertados y mirando hacia atrás, es decir, hacia el lugar de donde venían. La curiosidad de Eva y Miquel iba en aumento.

En su trayecto se les cruzó por aire varios cazas alemanes de modelo Panavia Tornado GR1, dirección al norte de Barcelona. Miquel capturó en vídeo el vuelo de esas aeronaves. Y Eva se había fijado en ellos para poner su descripción en Google, encontrar el modelo y ver a qué ejército pertenecían. Aunque no tenía demasiadas dudas en que pertenecían a la Luftwaffe.

A unos cien metros, antes de llegar a esos mencionados diques, ya no se podía pasar. El ejército español había cortado el tráfico con cinco camionetas de color verde oliva de modelo Santana 2500; por cada coche que estaba aparcado había cuatro soldados del ejército empuñando una ametralladora modelo Heckler & Koch MG-4E, vestidos con trajes de camuflaje de color gris y negro, y con sus cascos característicos. Eva se guardó el teléfono en el bolsillo, pero pidió a Miquel que no dejara de grabar con su cámara o su móvil.

En cuanto llegaron a unos cincuenta metros de esos soldados, notaron que nadie había en los vehículos detenidos. Los habían desalojado. Y estos mismos soldados rápidamente empuñaron sus armas y apuntaron a Eva y Miquel.

Ambos periodistas se sobresaltaron y levantaron sus brazos en claro gesto de «no disparen». Nunca ninguno de ellos había tenido la experiencia de que le apuntaran con un arma. Se quedaron parados, se les heló la sangre y habían dejado de respirar por un momento de la tensión del momento.

—¡No se acerquen más! ¡Vuelvan por donde han venido! —ordenó uno de los soldados.

—Queremos ir a Barcelona —contestó Eva.

A los pocos segundos, un soldado apareció con un fusil HK G36 entre los coches parados del carril contiguo. Se abalanzó sobre Miquel y la cámara de una de sus manos de manera muy brusca. A continuación, el soldado se guardó la cámara en uno de sus anchos bolsillos laterales del pantalón.

—¡Aquí no puede haber nadie! —exclamó enfurecido el soldado—. ¡Y mucho menos grabar!

—Pero ¿qué hace? Devuélvame la cámara.

—¡Vuelvan a sus vehículos! ¡No lo repetiré una vez más! —ordenó ese militar de gran estatura con cara muy enfada.

—Por favor, solo queremos saber qué pasa. Tenemos amigos y familiares en Barcelona —explicó Eva intentando hacer razonar un poco al militar.

—Por ahora, tienen que irse de aquí. Recibirán instrucciones más tarde. ¡Vamos, lárguense! —ordenó el militar, un poco más calmado.

—¿Y mi cámara?

El militar volvió a meter su mano en el bolsillo y le entregó de nuevo la cámara. Después, hizo un claro gesto con su fusil para que se fueran a su correspondiente vehículo. Eva y Miquel dieron marcha atrás rumbo al coche, desconfiados.

No eran los únicos asustados en ese lugar. También lo estaban todos los testigos que se encontraban atascados en la carretera. Muchos de ellos estaban de pie entre los carriles, con los brazos cruzados esperando algo. Formaban una especie de punto de encuentro a trescientos metros de la intervención militar.

Otros estaban dentro de sus vehículos, estos sin desalojar. Parecía como si esos militares hubieran desalojado solo las primeras hileras, es decir, las cercanas al muro de contención que habían colocado detrás de esa guardia.

Eva habló con uno de los testigos que se encontraba de pie, entre dos coches, muy nervioso. Era un joven de unos veinticinco años. Alto y delgado. De cabello largo y ondulado. Llevaba gafas.

Este le explicó que fue el primero al que retuvieron los militares. Iba detrás de otros automóviles a los que sí dejaron pasar, pero que, al parecer, con él hicieron el corte de acceso a la ciudad. Dos militares, uno por cada lado del coche, le ordenaron que se bajara y se alejara unos cien metros de esa zona. Y que esperara nuevas órdenes. Preguntó a los militares si ocurría algo, pero se negaron a contestar. Simplemente, que se alejara y esperara. También informó que otros militares hicieron lo mismo con los vehículos que tenía a sus lados y detrás.

Estaba claro que no querían dar ningún tipo de información. Ni siquiera que nadie se acercara al perímetro que los militares habían establecido y que guardaba una distancia con los diques que habían plantado en mitad de la autovía.

—Miquel, habla con algún testigo más porque puede que alguno haya visto algo diferente. Yo volveré a hablar con el militar ese. Tal vez le extraiga alguna información.

—Sí, voy a preguntar a los que han parado en las primeras filas.

Miquel y Eva se separaron y fueron en direcciones opuestas. Mientras tanto, más aviones sobrevolaban por encima de ellos cruzando la ciudad de este a oeste y de norte a sur.

Eva volvió al lugar donde les habían ordenado que se fueran. Con algo de nervios y cierto temblor, caminó varias decenas de metros hasta llegar al mismo punto.

—¿Otra vez usted? ¡Váyase de aquí, ahora! —dijo enfurecido el mismo militar.

Eva, mientras se dirigía al lugar donde estaba la guardia de militares, no se había dado cuenta de que dos carriles a su derecha, detrás de unos coches estacionados, estaba el mismo militar haciendo guardia.

—La gente está muy asustada con lo que está viendo aquí y lo que se escucha en la radio. ¿No podría decirme algo?

El militar resopló, avanzó confiado hacia Eva y se paró frente a ella. No le gustaba la presencia de la periodista, pero parecía más calmado que hacía quince minutos.

—Mire, no lo sabemos ni nosotros. Es lo poco que puedo decirle. Pero pronto habilitaremos un espacio en esa mediana para que den la vuelta con sus vehículos y puedan volver a casa o a donde ustedes quieran. Y, ahora, ¿quiere hacer el favor de marcharse de una vez? Si en diez segundos sigue husmeando por aquí, la detengo. ¡Usted misma!

Eva, algo indignada, dio las gracias, se dio la vuelta y fue rumbo a ese punto de encuentro. Por lo menos había sacado que iban a permitir que todos los automóviles dieran media vuelta para regresar. El militar no parecía saber demasiado sobre el tema de dentro de Barcelona y se limitaba a cumplir las órdenes de sus superiores.

—¿Has conseguido alguna información importante? —preguntó Miquel al llegar Eva.

—Solo que van a abrir dentro de poco la mediana para que nos vayamos de aquí —contestó.

—No se puede entrar a la ciudad por ningún lado. Ni los de dentro pueden salir. Acabo de escuchar esto en la radio —explicó Miquel—. Además, varios colegas por los distintos grupos de WhatsApp en los que estoy afirman esto. La situación comienza a dar miedo de verdad.

—¿Has sacado algo de algún testigo?

—Nada de nada.

—¿Sabemos algo ya de Kube?

—Sigue durmiendo. Pero he hablado con Pons. Dice que esperemos aquí nosotros dos.

Eva y Miquel entraron al vehículo, con las puertas abiertas de par en par. Veían vídeos grabados por personas ocultas en los balcones o dentro de establecimientos de la ciudad. En la mayoría de ellos se veía brutales altercados entre civiles. En otros se veía cómo la policía intentaba reducir a un buen número de estos agresores. En algunos, incluso se podía ver cómo utilizaban brutalmente armas de fuego para contrarrestar la violencia.

Pudieron observar cómo varias furgonetas de color negro llegaban a la zona del dique por el sentido contrario de la autovía, totalmente vacío. De esa furgoneta, cuya marca no pudieron apreciar, se bajaron varios agentes vestidos totalmente de negro y con cascos del mismo color. Iban armados con ametralladoras que parecían ser muy pesadas. Uno a uno, fueron subiendo al muro de contención adoptando sobre él una posición de defensa.

Llamó la atención porque en otros accesos de salida y entrada de la ciudad, que podían ver desde su posición, los soldados se dejaron caer por las cuerdas del helicóptero una vez depositado el muro. Eva se fijó en que ya había soldados en el muro antes de que llegaran estos nuevos en furgonetas, por lo que empezó a sospechar que en esa zona posiblemente necesitaran refuerzos.

Pincha aquí para leer el capítulo 10

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