Capítulo 7

Nuestro automóvil circulaba a toda prisa, lo que le hacía dar giros bruscos cuando encontraba algún obstáculo al que quería rebasar, ya fueran peatones, vehículos, contenedores, etc. Ahora íbamos rumbo a la Catedral de Barcelona donde se suponía que teníamos que recoger a varios agentes que, como Julia y yo, no habían tenido más remedio que ocultarse en cualquier lugar por la numerosidad de los agresores.

Veía por las ventanas del furgón que el camión iba esquivando cualquier tipo de vehículo, objeto o persona que se encontrara en su camino. Si era necesario ir en contradirección o circular por la acera, lo hacía sin ningún tipo de reparo.

Alejados un poco de la Rambla, se veía ahora a menos maleantes y conflictos por las estrechas y oscuras calles de esa zona. La poca gente que transitaba con prisa, se quedaba mirando el furgón con suma sorpresa y solo algunos pocos gritaban levantando los brazos, intentando llamar nuestra atención para pedir socorro.

—Marc, ¿qué está pasando? —pregunté lo que más me intrigaba.

—No lo sé, tío.

—Algo muy gordo —respondió uno de los policías nacionales.

—Hace cuatro horas vinieron a la ciudad varios helicópteros para trasladar a los políticos y personalidades importantes. Con eso te lo digo todo —respondió el otro policía nacional.

Ambos policías nacionales se quedaron en silencio mirándose el uno al otro, como si a uno de los dos no le hiciera gracia haber compartido esa información con nosotros. Sin embargo, esa era una información que Marc no tenía, o no le habían dado, y se quedó tan sorprendido como Julia y yo. Pensé que de eso ya podríamos hablar después, por lo que cambié el tema de conversación.

—Julia está herida. Le han mordido en una pierna —dije mientras me agarraba fuerte por las sacudidas del furgón.

—No te preocupes, Julia. Te atenderán cuando vayamos a la comisaría —contestó él haciendo un pequeño análisis visual de la zona afectada.

—Estoy bien, tranquilos. Voy a salir de esta —bromeó ella.

A Julia no le hacía gracia esta situación. El estar herida y que pudiera sentirse inútil por ello era una humillación para nuestra compañera. Ella era una chica dura, una chica de acción y lo que quería ahora mismo era no estar sentada y huyendo hacia la comisaría, sino ayudar al ciudadano. Pero no podía hacer nada. Solo escapar con un vehículo policial a la espera de la siguiente orden. Como todos.

En cuanto llegamos a la gótica Catedral de Barcelona, el panorama era frío. La luz amarillenta de las farolas del lugar incidía en una noche muy oscura. La Catedral, datada del siglo XIII, como siempre, preciosa y majestuosamente iluminada.

Veíamos por las ventanas varios cuerpos en el suelo en distintos puntos de la extensión de la plaza. Algunos inmóviles, otros heridos pidiendo ayuda y otros moviéndose sin más, intentando levantarse del suelo. El furgón giró derrapando, dio marcha atrás varios metros y aculó cerca de las escaleras de la base de la Santa Iglesia Catedral Basílica Metropolitana.

—Vale, es la hora —dijo Marc.

En un segundo, los dos policías nacionales abrieron las puertas del vehículo, asomaron sus fusiles y se colocaron en posición de defensa, apuntando a cualquier intruso que se acercara. La mayoría de los que se acercaban eran personas que huían del terror provocado por la cantidad de agresores que existían en ese momento. Algunos se paraban en seco al ver que los apuntábamos con los fusiles y gritaban que no les disparásemos. Otros cambiaban la dirección de su huida a sabiendas de que no les permitiríamos subir en nuestro furgón.

En menos de diez segundos, salieron de dentro de la Catedral tres Mossos d’Esquadra corriendo hacia nosotros. Dos de ellos sujetaban por los hombros a un tercero, herido. Esto hizo que bajar las grises y empedradas escaleras les costase algo más de lo habitual. Al llegar a la puerta trasera de la furgoneta, la misma operativa que con nosotros minutos antes: subirlos a bordo tendiéndoles toda la ayuda posible.

Los policías nacionales, Marc y yo, ayudamos a subir a esos tres compañeros. El que más costó fue el herido, debido a que estaba casi inconsciente por la multitud de heridas en los brazos, en el torso y en el cuello. Los otros dos subieron sin problemas.

Una vez a bordo del automóvil, los policías nacionales cerraron las puertas, no sin antes disparar a bocajarro a un agresor que intentó introducirse en el furgón saliendo por sorpresa del lateral de nuestro vehículo. El sonido de los disparos nos hizo daño a todos en los tímpanos, tuvimos que abrir la boca y estirar los músculos de la cara para quitarnos el taponamiento sufrido.

A grito de guerra, un hombre de raza blanca de unos cuarenta y ocho años, con pelo blanco, barba blanca, mediana estatura y vestido con pantalón verde y camiseta de tirantes blanca, había intentado colarse en el furgón. Le habían metido unas cuantas balas en la frente y en el pecho después de sorprendernos. Así que ya no sería un hombre, sino un cadáver. O tal vez aún no lo fuera. Pensaba tonterías.

Me impactó esa escena. Tanto que me dejó la sangre helada y pálido de cara. Esos agentes habían disparado una ráfaga de disparos sin ningún tipo de miramiento a un maleante. Todo lo que estaba pasando comenzaba a superarme.

Miles de altercados, muertes, asesinatos, agentes heridos, desconocimiento total de la situación… Eran tantas cosas vistas y oídas en tan pocas horas, y tantas que no podía entender, que abrumaba en exceso. Costaba poner los pensamientos en orden, recapitular o pensar el porqué de algunas cosas recién vistas. Seguía esperando despertar en la cama de mi dormitorio. Pero no era así. La sacudida del furgón al arrancar a toda prisa me devolvió a la realidad.

El estado de ese agente herido era estremecedor. Lo acostamos en el banco para que pudiera estar cómodo y encendimos las luces para ver su estado. Sangraba por muchas partes de su cuerpo, empapándole el uniforme oficial de color azul oscuro. Podíamos ver varias mordeduras en los costados del cuerpo que le atravesaban la ropa desgarrada. Y una mordedura cercana al cuello, en el músculo trapecio exactamente. Nuestro compañero herido era Jaume, de unos cuarenta y cinco años, de constitución ancha, pálido, con el pelo corto oscuro y con indicios de alopecia.

Marc se agachó y le cogió la mano al agente herido de gravedad.

—Escúcheme, ¿puede oírme? Soy el agente Closa. Vamos a llevarle a un lugar seguro y se recuperara allí. Ánimo.

Ante las palabras de Marc, el agente herido Jaume asintió con la cabeza y con gesto de dolor en su cara. Intentó decir algo, pero no pudo. Julia me miró un poco asustada. Yo también estaba muy acojonado. Marc recibió una llamada justo después de ese desconcertante momento. Una corta llamada de unos treinta segundos, donde la única palabra que gesticuló él fue un escueto «entendido». Sin duda, era una orden, algo que cambiaba. Y así fue.

—Escuchad, vamos a volver a plaza Catalunya —informó mientras se guardaba el teléfono en el bolsillo y nos miraba uno a uno con cierto temor.

—¿Se ha vuelto loco? ¡Esa plaza es ahora mismo un jodido infierno! —exclamó alterado uno de los policías nacionales.

—Han llegado allí más refuerzos nuestros y nos uniremos a ellos. La orden es acabar con todo signo de violencia. Y ya sabéis cómo —informó Marc mientras daba dos golpes rápidos y consecutivos a la mampara del furgón.

Acto seguido, el vehículo frenó, dio media vuelta y fue rumbo a la temida plaza.

Los dos agentes de la Policía Nacional que llevábamos a bordo no parecían estar muy conformes con esa decisión, lo cual era normal. Habían perdido allí a varios compañeros según la información recibida al subir a ese automóvil policial. Marc estaba serio y preocupado, ocultaba que él también estaba asustado debido a todo lo que estaba ocurriendo. Y, al igual que nosotros, no sabíamos a la dureza que nos podíamos enfrentar en ese lugar.

—Señores, en la plaza hay muchísimos más de esos hijos de puta que en cualquier otra calle o avenida de esta ciudad —dijo de repente uno de los dos policías nacionales con semblante serio.

—¿Cuántos más, agente…? —pregunté dando pie a que me dijera su nombre.

—Soy Ramírez, Cristóbal Ramírez. No sabría decirte una cantidad, pero te puedo decir que, hace una hora, por cada uno de mi equipo eran unos diez de ellos, aproximadamente —contestó.

—No tengáis reparo en disparar. Si alguien se acerca a vosotros, disparad. Será un cabrón de esos —añadió el otro policía nacional.

Todos nos miramos atónitos. Acto seguido, revisamos nuestras armas y las cargamos tanto como pudimos. Yo recargué mi Walther P99 cambiando un cargador prácticamente vacío por uno lleno mientras suspiraba para calmar la tensión. Gracias al comentario de Cristóbal Ramírez, ya teníamos una idea de a qué número nos enfrentábamos. Pintaban bastos.

En mi cabeza sobrevolaba la incertidumbre de si saldría de esa con vida. El equipo de Ramírez no lo consiguió y eso me llenaba de dudas. Notaba también que tenía ganas de vomitar a consecuencia de los nervios. Pero por suerte podía controlarme como para no tener que echar los bofes dentro del furgón, dando suma vergüenza.

Miraba a mis compañeros y no parecían estar mucho mejor que yo. Así que daba por supuesto que eran las reacciones normales en situaciones en las que te juegas el pellejo sin saber absolutamente nada de lo que está pasando.

Aun así, yo tenía un pequeño brote de certeza en mi cabeza, diciéndome que todo iría bien. Al fin y al cabo, habíamos vuelto para acabar con esos disturbios y, según Marc, allí había refuerzos ahora mismo. Quería pensar eso. Quería desear que eso fuera así de verdad. Confiaba en que allí habría más personal de los nuestros, o del cuerpo que fuera, para superar esa terrible situación que estaba por llegar: nosotros contra centenares de violentos sobre uno de los fondos más atractivos de la ciudad, la plaza Catalunya.

El furgón avanzaba por la avenida del Portal de l’Angel, dando volantazos, esquivando peatones, árboles, coches, mobiliario urbano, etc. El conductor era bueno, el cabrón. Desde que montamos al vehículo, no tuvo que frenar ni una sola vez para dar media vuelta. Parecía tener mucha habilidad para sortear obstáculos o adelantarse a ellos. Eso sí, de vez en cuando, el giro o el frenazo que daba era muy brusco y la sacudida provocaba que chocáramos de hombros unos con otros de forma un poco torpe e incómoda.

—Julia, tú vigilarás el furgón y cuidarás de Jaume. No permitas que nadie entre aquí. ¿Puedes hacerlo? —ordenó y preguntó Marc.

—Preferiría estar con vosotros, pero cuenta con ello —contestó Julia muy firme y segura mientras cargaba su arma.

Al final de la avenida, desembocando ya en la temida plaza, el coche se encontró con varias macetas gigantes, con árboles de nectarinos jóvenes plantados en su interior. Estaban colocados estratégicamente en plan bolardos e impedían el paso a cualquier vehículo. Fue a dos escasos metros de estos bolardos cuando nuestro furgón frenó y derrapó en giro, dejando nuestra salida trasera casi orientada a la plaza. Brutal la maniobra.

Estábamos todos de pie dentro de la furgoneta, esperando a que los policías nacionales abrieran las puertas para entrar en acción. La tensión era muy alta. Todos estábamos sudando y teníamos la mirada fija en la puerta, concentradísimos.

Me vino a la cabeza, por la similitud del evento, el desembarco de Normandía, donde los soldados americanos esperaban en las lanchas el momento de llegar a la orilla de la playa para sumarse a la batalla contra el ejército nazi. Sí, era así como me sentía.

Tenía una rara combinación de miedo y de nervios, que a buen seguro iba a convertirse en éxtasis en tan solo abrirse las dos puertas. Comenzaba a notar dentro de mí un atisbo de emoción, como si hubiera un trocito de mi persona a la que le gustaba todo eso que estábamos viviendo.

Pincha aquí para leer el capítulo 8

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