Capítulo 6

Al igual que con su compañero, ya cadáver, le advertí que no se moviera. Pero al no hacerme ni caso, apreté el gatillo y le disparé en el pecho. Sin más miramientos. Ya iba por faena porque sabía perfectamente que iba a ignorar mis órdenes.

El impacto del proyectil lo paralizó y le hizo tambalearse un poco más de lo que ya lo hacía avanzando hacia mí. Noté gestos de dolor en su rostro. Disparé otra vez más, también en el pecho para sacar mi propia conclusión: esos cabrones no morían. Daba igual las veces que le disparases en el pecho. Entonces, me acordé de que abatí, de un tiro, a su compañero disparándole en la cabeza. Pensé en hacerlo para finiquitar esa surrealista historia de una vez.

No obstante, volví a pegarle un tercer tiro en el pecho para asegurar aún más mi estrafalaria teoría. No podía creer que tuviera a un zombi delante de mí. Era tan increíble que ya estaba esperando despertarme, porque solo podía ser una cosa. Un sueño. O una pesadilla, mejor dicho.

Pero no, no era un sueño ni una pesadilla, era jodidamente real. Tenía a un muerto viviente a tan solo tres metros de mí y tenía que pararle porque me mordería, igual que a Julia. No vacilé, apunté a la cabeza y disparé.

La bala atravesó su cerebro y cayó redondo al suelo, donde dejó de moverse de forma casi instantánea, dejando un charco de sangre alrededor de su cráneo, que cada vez iba haciéndose más grande sobre el pavimento. Julia alucinaba contemplando desde su asiento de copiloto el espectáculo dantesco que se estaba viviendo en la calle del Raval.

Miré a mi alrededor, buscando a alguien que empatizara conmigo dándome la aprobación de que lo que había hecho era lo correcto. O, mejor dicho, buscando a alguien que estuviera alucinando igual que yo.

Estaba muy asustado, aunque hubiera salido victorioso de ese duelo. Miraba perplejo el cadáver y me sentía nervioso. No paraba de preguntarme si se levantaría de nuevo. O tal vez creyera de forma equivocada que lo había matado la primera vez. Eso explicaría que se pudiera volver a levantar. Entonces, no podía ser un zombi y estaba empezando a creer cosas estúpidas.

Al final, tragué saliva, me metí dentro del coche y respiré hondo bajo la atenta mirada de mi compañera. Me puse el cinturón, arranqué y empecé a conducir lentamente por la estrecha calle. Noté que Julia no paraba de mirarme con expresión de incredulidad, esperando a que yo dijera algo.

—Revisaste bien las constantes vitales de esos dos, ¿verdad? —le pregunté sin dejar de mirar al frente.

—Por supuesto, pero ahora tengo dudas —afirmó ella.

—Hablaremos de esto después, ahora estoy muy confuso.

Íbamos a ir a la plaza Catalunya. Había oído que había disturbios allí y era una de las zonas de nuestra responsabilidad que quedaba más cerca. Ya ni me acordaba de que quería echar un vistazo con el coche a aquella explosión que estuvo muy cerca, y ahora quedaba en sentido contrario. Seguramente, lo que viera allí en el lugar de esa explosión no sería ni la mitad de increíble que lo vivido en esa calle. ¿O sí?

Llegamos al final de la calle estrecha del Raval. Asomábamos el morro del coche en la famosa Rambla cuando, de pronto, una furgoneta blanca, que iría a unos 80 km/h, chocó contra nosotros, impactando nuestro vehículo por la parte delantera. Precisamente, en mi lateral.

El impacto giró bruscamente el coche patrulla y la furgoneta se trastabilló, golpeó una rueda en la acera y terminó por volcarse derrapando el lateral de chapa contra el suelo. Se detuvo cuando chocó contra un árbol del paseo cercano a la calzada. Había rayado el asfalto y arrojado infinidad de cristales rotos alrededor de su trayectoria.

El accidente me hizo daño en el cuello, reventó el lateral del morro y saltaron los airbags del coche. Julia, al estar en el copiloto, tuvo algo más de suerte; solo se llevó el susto, la sacudida y nada más.

Abrí la puerta del coche mientras me llevaba una mano al cuello. Intenté apartar el airbag con las manos y salí un poco aturdido al exterior. Julia, lo mismo, aunque ella salió del coche de un salto debido a la cojera por la herida en su tobillo.

—Álex, ¿estás bien?

—Sí, tranquila. Solo es un pequeño latigazo, se me pasará en nada.

Mi dolencia no era nada del otro mundo, estaba seguro de que, en un día como mucho, se me iría el dolor. Si nos hubiera dado de frente esa furgoneta, o por detrás, a la velocidad que iba seguro que me habría hecho mucho daño en el cuello, pero nos dio un poco de refilón. Lo justo para que el coche quedara inutilizado por averías en el motor. Ese accidente confirmaba que la noche se estaba torciendo mucho para nosotros.

Estábamos ahora en uno de los laterales de la Rambla, impidiendo el tráfico en una dirección, la de plaza Colón. Caminé unos metros hacia la furgoneta volcada, me agaché para mirar por una de las lunas rotas del vehículo y vi a una persona en el interior. Inconsciente o muerto por el accidente. No pude pararme a comprobarlo y auxiliarlo porque unos gritos de terror me distrajeron.

Esos alaridos venían calle arriba en la Rambla. Personas que corrían asustadas hacia nuestra posición. ¡Muchas! Al menos, unas cincuenta que pasaban a ser más a medida que avanzaban y se les unían nuevas personas asustadas. Efecto llamada. En cuanto avanzaron corriendo unos doscientos metros, eran ya cien personas que corrían atemorizadas hacia donde estábamos Julia y yo. Huían de algo y ese algo eran personas que corrían detrás de ellos.

Una multitud de agresores enrabiados, violentos y con los ojos inyectados en sangre corrían como locos por alcanzarlos. Miré a Julia, que estaba casi más asustada que yo. Corrí hacia ella y le dije que se apoyara en mi hombro.

Nos fuimos corriendo al portal más cercano, con puerta de cristal y barrotes metálicos de color gris. Cuando estuve cerca, saqué mi arma y pegué un tiro al cristal. Después, metí la mano por el agujero creado por el proyectil y abrí la puerta. Todo esto mientras detrás de mí pasaba esa muchedumbre de personas gritando histéricas de pavor.

Como agente de policía, no tomé la decisión de intentar frenar esa avalancha. No solo por miedo, que lo tenía y en grandes dosis, sino también porque iba a ser inútil. Imaginé que toda esa horda que corría detrás de esa pobre gente asustada eran sujetos como los dos a los que había abatido en el Raval.

Nos ocultamos en el recoveco del portal, al lado de unos ascensores, esperando que ninguno de esos malhechores entrara. Con nosotros entraron dos mujeres de unos treinta años. Una era rubia con el pelo rizado y la otra, castaña con el pelo ondulado. Seguramente, eran personas que estaban tomando algo o saliendo de fiesta cuando comenzó ese caos generalizado por las calles de Barcelona.

Fuera de ese portal decorado con mármol, era un correcalles. Gente asustada corriendo por todas partes y muchas personas asustadas corriendo solo porque otros corrían también despavoridas. Cuando toda esa marabunta llegó a la altura del portal que habitábamos, asomé la cabeza por la esquina mirando hacia la puerta, intentando ver qué pasaba. Había al menos unos veinte agresores, locos de ira, atacando sádicamente a cualquier persona que se pusiera en su camino. Algunas personas lograban esquivarlos. Otros entablaban batalla defendiéndose como podían y los demás simplemente huían despavoridos.

Quería salir a proteger a los ciudadanos de aquello, pero pensé que tampoco sería buena idea salir del portal y comenzar a pegar tiros a cualquier persona que intentase atacarme. No sabía cuántos podría haber ahí fuera y había quemado prácticamente mi primer cargador contra los dos indeseables del Raval.

Observando lo que veía por la puerta fue cuando recibí una llamada del sargento Gutiérrez.

—¿Sargento? —respondí apurado.

—Álex, tenéis que venir a la comisaría. ¡Rápido! —ordenó alterado con su voz ronca.

—Sargento, estamos atrapados en un portal de la Rambla. Hemos perdido nuestro vehículo en un accidente.

—Deme su posición. Iremos a recogerle en dos minutos. Mientras tanto no se mueva. ¿Está Julia con usted?

Le respondí que sí y acto seguido finalizó la llamada. Estaba claro que las cosas no iban bien. Al sargento se le veía muy preocupado y nervioso. De hecho, bastante más que en la llamada anterior. Cogí mi móvil y le envié nuestra ubicación por WhatsApp.

—Julia, van a venir a buscarnos —le dije mientras me guardaba el móvil en el bolsillo.

—Dios, ¿qué está pasando?

—No lo sé, Julia. No lo sé.

Miré a nuestras dos nuevas acompañantes. Ellas estaban aún más asustadas y atónitas que nosotros. De hecho, la rubia del pelo rizado lloraba de miedo sin creer que lo que estaba viviendo era real. En solo dos minutos escuché que llegaba el sonido de las sirenas de un vehículo policial, tal y como dijo el sargento Gutiérrez. Miraba a través de la puerta del portal y seguía habiendo violencia, aunque menos que cuando pasó toda esa muchedumbre huyendo de sus atacantes.

—En cuanto estén cerca salimos rápido. ¿De acuerdo? —ordené a Julia.

—Chicas, vosotras quedaos aquí y no os mováis. No salgáis a la calle bajo ningún concepto.

Ellas asintieron y se quedaron sentadas en el suelo muertas de miedo. Escuché las sirenas muy cerca y observé que su sonido no avanzaba ni retrocedía. Seguramente, se habrían detenido esperando a que saliéramos. Nos preparamos para salir corriendo lo más rápido que pudiéramos. Fácil no iba a ser porque Julia cojeaba.

—Apóyate en mí. A la de tres salimos cagando leches.

—Estoy preparada.

—Una, dos y… ¡tres!

En cuanto dimos dos pasos escuchamos los primeros disparos de ametralladoras. Dos ráfagas muy potentes para ser exactos. Estaban muy cerca, a unos metros de la salida del portal. Seguro que eran ellos cubriéndonos para que saliéramos con mayor seguridad.

Salimos del portal. Veíamos la calle entera sumida en un caos de gente enzarzada en peleas callejeras contra muchos delincuentes. Coches detenidos y estrellados unos contra otros. Y, a la derecha del portal, el furgón policial de los Mossos d’Esquadra, de color azul oscuro metalizado con bandas de color rojo y blanco en los bajos del vehículo.

Estaban esperando, dándonos el culo del vehículo, con las puertas traseras abiertas. En los dos extremos de esas puertas abiertas de par en par había dos policías nacionales vestidos con su uniforme azul oscuro, cascos antidisturbios y con fusiles preparados para disparar a cualquier agresor que se acercara al automóvil.

Me llamó mucho la atención que la retaguardia del furgón de los Mossos d’Esquadra estuviera protegido por esos dos policías nacionales. Era un claro síntoma de que algo estaba muy jodido en la ciudad. Posiblemente, los distintos cuerpos de policía que convivían en Barcelona habían unificado fuerzas para contener esa acometida de violencia imparable que se multiplicaba a cada minuto que pasaba. Pero no dejaba de ser raro ver distintos cuerpos en un mismo vehículo.

En cuanto Julia y yo llegamos a la parte trasera del coche, tuvimos que bordear un cadáver bastante sangriento que había en el suelo, el de un agresor que había intentado atacar el furgón mientras esperaba que saliéramos para recogernos. Uno de los policías nacionales que protegía nuestra salida nos tendió la mano para ayudarnos a subir al vehículo.

Julia fue la primera en montar, con la ayuda de uno de los policías nacionales y la mía detrás, empujándola para que no se hiciera más daño en la pierna. Yo subí sin necesidad de la ayuda de los dos policías, ya que me colé de un salto en el automóvil, fruto de las prisas y los nervios. Acto seguido, los dos policías cerraron la puerta del furgón, no sin antes disparar a dos agresores que venían hacia nosotros con cara de muy pocos amigos.

«Hijos de puta», fue lo que exclamaron después de rellenarles el pecho con balas de sus rifles de asalto HK G36. Esos disparos me hicieron daño en los tímpanos, pero más daño hizo a esos atacantes. Cayeron de espaldas al suelo y murieron en el acto, si es que podían morir. Yo aún dudaba.

—¿Estáis bien? —preguntó un tercer hombre.

Dentro del furgón no había luz y no podía ver la cara del compañero que me hablaba ni de los policías nacionales que estaban custodiando las puertas de furgón con sus rifles. Pero su voz me resultaba familiar.

—Nos dijo el sargento que estabais atrapados en este edificio —añadió al encender las luces.

Era Marc Closa, un compañero de nuestra comisaría. Al igual que nosotros, patrullaba con otro equipo el barrio Gótico de Barcelona. Marc era un policía de unos treinta y ocho años, con un poco de barba, de cabello moreno y rizado, y con algo de entradas. Me llevaba muy bien con él porque era una magnífica persona y un compañero muy responsable. También servicial. Sustituyó recientemente a nuestro Caporal debido a una baja de este, lo que hacía que lo viéramos como nuestro líder, aunque no tuviera ese rango.

El furgón arrancó y comenzó a moverse conduciendo con algún que otro bandazo. Los cinco que estábamos dentro del habitáculo nos sentamos en los bancos laterales.

—El procedimiento es el siguiente: vamos a buscar a otros compañeros cercanos y volveremos a nuestra comisaría —explicó Marc, inquieto, mientras nos miraba a Julia y a mí.

—Pero ¿qué es todo esto? —pregunté.

—Son órdenes de Arnau. Se supone que cuando lleguemos a comisaría tendremos más información.

—¿Y ellos? —le pregunté y señalé con la cabeza a los dos policías nacionales.

—El equipo de ellos ha caído en la plaza Catalunya. Los hemos podido rescatar in extremis y van a ayudarnos. El sargento sabe esto y su cuerpo también.

—¿Caído? ¿Cómo? ¿Y cuántos? —pregunté alterado un sinfín de preguntas.

Aunque me había dado una información bastante explícita de por qué estaban estos dos policías nacionales, me sentía abrumado. Pasaban tantas cosas por mi cabeza que llevaba un estrés y unos nervios encima que no eran normales.

Pincha aquí para leer el capítulo 7

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