Capítulo 5

Me quedé estupefacto, sin saber si era real lo que acababa de contemplar. Luego, me di cuenta de que lo único que había pasado es que al cadáver se le habían resbalado los brazos del pecho, despegándolos así de su cuerpo y asomándolos por debajo de la manta. Pura inercia y gravedad.

Resoplé aliviado y en el fondo pensé en lo estúpido que había sido asustándome de una cosa así. Me giré y caminé varios pasos, alejándome del coche patrulla cuando un grito detrás de mí me sorprendió dándome un pequeño sobresalto.

Me giré buscando ese grito que me parecía familiar. Era Julia y la imagen que pude contemplar era increíble. No daba crédito.

El cadáver al que se le habían resbalado los brazos del pecho se había girado hacia Julia, escurriéndose de su manta, y le había mordido una pierna. Julia, del dolor y de la sorpresa, cayó al suelo de culo, gimiendo y sin saber muy bien qué estaba sucediendo. Solo un segundo después, cuando Julia ya estaba en el suelo, el paquistaní se subió sobre ella intentando morderla una vez más en alguna parte del cuerpo.

Julia, tras forcejar, logró quitárselo de encima empujándole hacia un lado, pero herida de una pierna —la mordedura parecía bastante profunda— no pudo levantarse. Solo pudo revolcarse hacia el lado contrario de su atacante. Los testigos de cerca de la zona parecían impresionados y sorprendidos sobre lo que acababan de ver.

Yo, pese a alucinar al igual que el público, no dudé ni un segundo en desenfundar mi arma, quitar el seguro y apuntar hacia el paquistaní, que trataba de levantarse del suelo con bastante torpeza.

—¡No se mueva! —grité mientras le apuntaba con mi pistola Walther P99.

El paquistaní no hizo ningún tipo de caso a mi orden. Mientras, este trataba de levantarse de cuclillas, apoyando una de sus manos en el suelo y con la otra sujetando las heridas que tenía en el abdomen. Su mirada estaba fija en Julia, a la que tenía a menos de dos metros. Estaba claro que la iba a atacar de nuevo.

Su mirada era de odio y sus pupilas, dilatadas, y se podían ver en sus escleróticas unas venas rojas. Apretaba la dentadura con fuerza, dejando ver sus dientes manchados por la sangre de Julia. Daba miedo. A pesar de toda la sangre que había por las puñaladas previas, ese hombre parecía no sentir dolor alguno.

—¡No se levante o disparo! —grité nuevamente esperando llamar su atención.

Pero no fue así. Ni me miró. Como si yo no existiera y solo existiera Julia. Estaba bastante claro que iba a por mi compañera y se iba a tirar sobre ella para morderla una vez más o hacerle a saber qué. Seguro que no iba a ser una caricia según lo visto y oído durante la noche.

En cuanto se puso de pie, no lo pensé más. Me armé de valor, contuve la respiración y apreté el gatillo apuntando bien a una de sus rodillas. El sonido del disparo me hizo daño en los tímpanos, pero acerté de pleno donde yo apuntaba. La bala impactó en una de sus rodillas, atravesando su pantalón vaquero, salpicando sangre alrededor de él y haciéndole caer al suelo tras perder el equilibrio. Su cuerpo golpeó en el suelo, cayendo prácticamente en plancha.

La cara del paquistaní había cambiado de ira a dolor. Sin embargo, en tan solo una décima de segundo, volvió a mirar a Julia con cara de poseso. La iba a atacar nuevamente y nos tenía a todos los espectadores de este momento desconcertados.

Tras mi disparo, algunos de ellos habían huido asustados, otros seguían allí observando protegidos y de cuclillas, viendo qué pasaba mientras buscaban algo parecido a un refugio.

Julia, desde el suelo, desenfundó su arma. Le quitó el seguro, apuntó hacia el paquistaní y le ordenó que no se moviera. Este hizo caso omiso. Yo no dejaba de apuntarle mientras le gritaba que no se levantara del suelo. Al final, Julia disparó tumbada y su bala impactó en el hombro mientras intentaba levantarse.

Perdió el equilibrio y cayó de nuevo al suelo, de lado. Pero una vez más, ese hijo de puta intentó levantarse, como si no tuviera otro objetivo en la vida, aunque en su cara podía verse claramente que las dos balas le habían hecho mucho daño. Sí que sentía dolor.

—¡No se levante y tírese al suelo! —grité histérico sin dejar de apuntarle en ningún momento.

El paquistaní se puso de cuclillas para reincorporarse, con la diferencia de que ahora era yo el centro de su atención. El disparo de Julia hizo que cayera al suelo con su perspectiva visual hacia mí. Mientras se levantaba con torpeza, me miraba con las mismas intenciones que a mi compañera. Cara de dolor, odio, ojos inyectados en sangre, mandíbula apretada mostrando los dientes y gruñendo.

En cuanto estuvo prácticamente de pie volví a apretar el gatillo. Esa vez quise terminar con todo eso y por eso apunté al pecho. Apreté el gatillo de la pistola. Esperaba que esa bala lo matara y terminara la pesadilla de una vez.

Y así fue. Tras recibir el impacto del proyectil, el hombre cayó al suelo de espaldas y quedó tendido en el suelo con los brazos abiertos. Por su rostro parecía asustado y agonizante. Pronto, cerró los ojos y ladeó la cabeza, quedándose completamente inmóvil. Abatido en mitad de la calle del Raval.

Varios testigos del momento estaban viendo el panorama refugiados en las puertas de los portales, alucinando por todo lo que había sucedido. Parecía irreal. Un hombre al que dábamos por muerto se levantó y atacó a la policía que asistía al acontecimiento. Era algo insólito.

Me acerqué a Julia sin dejar de apuntar al cadáver del paquistaní. La gente murmullaba asustada.

—¿Estás bien? —pregunté alterado.

—Este hijo de puta me ha mordido bien en el tobillo, pero creo que no es grave —contestó dolida.

—¿Puedes ponerte de pie? ¿Puedes caminar?

—Sí, sí, puedo.

Julia se puso de pie y, cojeando, se fue al coche patrulla, a la puerta del piloto, buscando un apoyo para sostenerse. Mientras, yo me acerqué al paquistaní y revisé las constantes vitales para descubrir que ya no tenía. Estaba muerto, ahora sí. Me sorprendí y me pareció muy raro que Julia cometiera un error de ese calado, pues ella había dictaminado que habían fallecido tras comprobar que no tenían pulso.

—¡Álex! Estaban muertos, yo mismo lo comprobé —me afirmó Julia.

—No pasa nada, Julia. Lo importante es que estás bien. —La tranquilicé quitándole hierro a su posible error.

Toda esa situación nos había hecho olvidar la explosión minutos atrás. Aún no sabíamos qué había sido, y eso que estaba más o menos a tres manzanas de ahí, al final de la calle. Quizás Julia había cometido el error de no revisar bien el pulso de estos dos individuos, pero yo, viendo que uno de los dos se movía, me equivoqué pensando que los brazos del paquistaní se habían dejado caer por propia inercia. No podía culparla, los dos habíamos cometido errores. Era normal, no teníamos experiencia en cosas así, en una noche tan caótica como esa.

Me llamó la atención un testigo que miraba todo ese espectáculo escondido detrás de una farola. Me miraba asustado, tembloroso y estupefacto mientras me señalaba con un dedo. En realidad, no me señalaba a mí, señalaba al otro cadáver de la escena del crimen. Al de raza blanca, con barba y de gran tamaño, muy corpulento y de casi dos metros de altura.

Se estaba empezando a mover bajo la manta, intentando levantarse. No me lo podía creer. Notaba sudores fríos porque comenzaba a pensar que todo eso era paranormal. Ese hombre estaba ya de rodillas con la manta tapándole la cabeza y la espalda. En cuanto se puso de pie, la manta cayó al suelo dejando al descubierto su camiseta blanca llena de manchas de sangre. Parecía estar mirando al limbo cuando de repente se giró hacia mí.

Sus ojos parecían apagados, sin vida, con las pupilas dilatadas, la cara desencajada y torcida. De repente, ese sujeto fijó la mirada en mí y la expresión de sus ojos se tornó en mirada de odio. Su cara, que se había emblanquecido por la pérdida de sangre, ahora volvía a recuperar su color habitual. La ira le hacía apretar los dientes y babeaba como un perro. Se dirigía hacia mí a paso ligero, con una actitud muy agresiva.

Daba miedo. Tenía a ese individuo a unos cinco metros. Pese a que yo estaba horrorizado, no tuve reparo en desenfundar el arma de nuevo, quitar el seguro, apuntar y dirigirme a él con la esperanza de detenerle.

—¡No… no se mueva! —le ordené tartamudeando y sosteniendo mi arma de forma temblorosa.

No hizo ni puto caso y siguió avanzando hacia mí, tambaleándose sobre sí mismo. A diferencia del paquistaní, este gruñía con mucha más furia.

—¡No dé un paso más! —grité convincente.

No tuve más remedio que dispararle en cuanto estuvo a menos de tres metros de mí. La bala impactó en su pecho, pero su caminar rápido, aunque tambaleante, y por su gran corpulencia, parecía no notar los efectos del plomo. Fue entonces cuando disparé dos veces más, también sobre su pecho.

Estos dos impactos hicieron que perdiera un poco el equilibrio cayendo a mi lado, pero sin llegar a alcanzarme. De no haberle disparado se habría tirado sobre mí y seguramente no hubiese podido con esa bestia de casi dos metros. Me alejé unos metros de él y seguí apuntándole mientras le gritaba que no se moviera.

Julia también había desenfundado su pistola y le apuntaba mientras gritaba que se quedara en el suelo. Esa mole, a pesar de llevar tres disparos en el pecho, seguía luchando por levantarse. Era jodidamente increíble.

Me buscaba con ira. Quería hacerme mucho daño. Lo podía ver en sus ojos. En cuanto se puso de pie de nuevo, apunté bien a su cabeza y disparé. La bala le entró por la frente derramando gran cantidad de sangre en su cara, pero esta se alojó en su cráneo sin salir por detrás.

Sus ojos se volvieron blancos, cayó de rodillas al suelo y golpeó todo su torso contra el asfalto como si fuera un saco de patatas. Ahora sí que estaba muerto. Me alegré por un momento, aunque no paraba de pensar en cuánto daño habíamos tenido que hacerle a este y al otro individuo para acabar con sus vidas. Era sorprendente, increíble y a la vez terrorífico.

Esta noche, este momento, fue mi primera vez. Era la primera vez que mataba a alguien. Mejor dicho, que mataba a dos personas. Pero a diferencia de lo que la gente podía pensar y solía pasar en esos casos, no me sentía nada culpable. Suponía que ahora, por la tensión del momento, no tendría tiempo de pensar ese tipo de cosas y que sería en las horas de sueño o en la calma cuando el sentimiento de culpabilidad hiciera mella en mi cerebro.

Julia estaba dolida por el mordisco de aquel tipo. Estaba de pie, como buena tipa dura que era, pero se podía ver en la parte baja del pantalón, en su pierna derecha, que estaba empapada de sangre. El líquido rojo de sus venas caía por encima de sus botas manchando el pavimento de la oscura calle del Raval.

Ella decía que no era nada, pero yo estaba bien seguro de que habría que llevarla a la mutua o al hospital más cercano. Imaginando cómo tendría que ser esa herida para tener un goteo amplio de sangre, apostaba a que se iba a tirar alrededor de un mes de baja.

—Bien, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó Julia.

—Si siguiéramos las directrices del sargento Gutiérrez, deberíamos ir a otro conflicto. Hay muchísimos. En todos los barrios.

—Vayamos a otro lugar a ayudar —ordenó Julia.

—Pero, Julia, tú no puedes ir así, estás herida.

—Estoy bien, no te preocupes. Esta herida me resta movilidad, pero puedo ayudarte —argumentó ella un poco preocupada mientras miraba los alrededores apretando un poco los labios del dolor.

—Vale, conduciré yo. Mientras, ve vendándote esa herida. Veo que estás perdiendo bastante sangre.

Julia y yo nos montamos en el coche ante la mirada incrédula de algunos testigos que aún estaban ahí esperando más profesionalidad. Seguramente, todavía no sabían la cantidad de altercados que estaban sucediendo a la vez por toda la ciudad de Barcelona. Pensaba que no tardaría nada en salir las primeras noticias de televisión, en las radios y en las páginas de informativos de internet.

Salí despacio de la escena del crimen para no atropellar a algunas personas que deambulaban por la calle, tanto en la acera como en la calzada. Nos miraban confusos, sorprendidos y, en definitiva, asustados. Algunos exclamaban que no nos fuéramos y nos seguían por el lateral de nuestro vehículo.

Cuando orienté el coche hacia el sentido de la vía y avancé unos metros, miré por el retrovisor y aluciné.

No sabía si mi mente me estaba jugando una mala pasada. Estaba viendo que el cadáver del paquistaní de camisa negra, que había abatido primero, se movía en el suelo intentando levantarse una vez más. Frené el coche en seco y volví a mirar por el retrovisor para confirmar que, efectivamente, se estaba levantando otra vez.

—¿Qué haces? ¿Por qué frenas? —preguntó Julia con tono de queja.

—¿Estás viendo eso? ¡Mira por el retrovisor! ¡Sé está levantando otra vez!

Me quité el cinturón de seguridad, abrí la puerta y salí del coche. Estaba tan impresionado que seguramente tenía los ojos como platos. Me caía el sudor por la frente y estaba sin aliento. No paraba de afirmarme a mí mismo que lo había abatido, aunque la escena me hacía dudar. Las pocas personas de mi entorno gritaban aterrados, exclamando que cómo podía ser, que era increíble, etc., etc. Caminé unos metros hacia el paquistaní mientras desenfundaba el arma. ¡Joder! Pero si le había revisado las constantes vitales al acabar con él y estaba muerto.

Ya estaba de rodillas otra vez. Con un brazo y una mano apoyada en el suelo para coger impulso y así levantarse. La expresión de su cara era de desconcierto, como si estuviera ido. Y también de dolor. Realmente, a ese tipo le dolían sus heridas. Al menos eso parecía.

Intentaba levantarse, pero se tambaleaba. Después de dos intentos consiguió ponerse derecho. Le costaba un poco mantenerse de pie. La cabeza se le iba para los lados como si estuviera flotando. De repente, pestañeó dos veces y empezó a cambiarle la cara de desorientado y dolorido a rabia. Apretaba los dientes, con el ceño fruncido, gruñendo y con los ojos inyectados en sangre.

Fue entonces cuando me miró. Me acojoné. Parecía una película de terror. Los muertos volvían a la vida y no sabía qué hacer ni qué pensar. Tardó dos segundos en caminar hacia mí con muy malas intenciones. Como la anterior vez. Tenía unos ocho metros que caminar hacia mí. Volví a apuntarle con mi pistola, ordenándole de nuevo que no se moviera. Fue en vano, no iba a recular por muy armado que estuviera. Eso es lo que me decía mi corta experiencia con ese tipo de sujetos.

Pincha aquí para leer el capítulo 6

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