Capítulo 2

Eran las diez de la noche. Después de unos instantes de labores de seguridad vial en la plaza España, la ciudad de Barcelona parecía tranquila. Con su bullicio habitual de una noche del comienzo del verano, pero sin nada extraño que mencionar.

Mi compañera, Julia Romeu, y yo, charlábamos sobre los alquileres vacacionales de Barcelona mientras patrullábamos ahora por la Avinguda Paral.lel. Este tema de conversación era un punto importante en los problemas de la ciudad y uno de los que más disgustaba a mi compañera. De normal, era una mujer de treinta y cuatro años, jovial, agradable, inteligente y muy responsable. Pero el tema la preocupaba y la enfurecía un poco porque su familia estaba viviendo ese problema en primera persona. Nos detuvimos en un semáforo en rojo.

—Como no se haga algo al respecto, los ciudadanos de toda la vida nos vamos a tener que ir a las afueras —dijo Julia mientras se ajustaba la coleta de su cabello moreno y rizado.

—Yo ya vivo en las afueras —bromeé con una sonrisa para acabar con el tema de forma simpática.

Ahora subíamos por las Ramblas de Barcelona, sin hablar, concentrados en la observación. Algo habitual cuando se circulaba por esta avenida larga y de ambiente multicultural. Esta rambla siempre mostraba un buen cúmulo de incidencias durante el día y había que tener los ojos bien abiertos.

De repente, por radio, nos informaron de un disturbio en el Hospital Clinic. Al parecer, un paciente se había puesto muy nervioso y había atacado a varios enfermeros del hospital. Nosotros no íbamos a ir puesto que había otra patrulla cercana para esa incidencia.

Esa información no despertó mucha curiosidad en nosotros como para tener que comentarla. Podía ser perfectamente un altercado raro de los muchos que registrábamos durante la jornada. Pero lo que sí nos llamó la atención fueron las siguientes informaciones sobre distintos altercados.

Al parecer, dos personas estaban provocando disturbios en el barrio marinero de la Barceloneta. Posiblemente, dos personas bajo los efectos del alcohol y de los estupefacientes. Allí tampoco íbamos a ir porque otra patrulla ya estaba cerca de ellos para intervenir a esos individuos.

No pasaron ni tres minutos cuando por radio nos informaron de otro altercado más. Ahora en el bohemio y bullicioso barrio de Gracia, donde se comentaba que un hombre de unos cincuenta años había asaltado, él solo, un restaurante que estaba ya cerrando sus puertas.

Minutos más tarde, otro incidente más en la radio. Ahora en el mágico barrio del Born, donde un grupo de jóvenes la había tomado con varios transeúntes de la zona y pedían con urgencia la intervención nuestra.

Un poco confusos, encendimos la sirena de nuestro coche policial, dimos la vuelta a la Rambla, alcanzamos la plaza Colón y nos dirigimos al Born. Aunque ya nos íbamos mentalizando de lo que podríamos encontrar cuando llegáramos, mi cabeza se preguntaba por qué en cuestión de minutos habían dado aviso de tantos altercados, todos seguidos. No era habitual. Y mucho menos por las noches que, a pesar de la fama que tenían las incidencias durante la nocturnidad, eran bastante menores en cuanto a gravedad y número.

Tanto Julia como yo llegamos muy concentrados a la plaza famosa del Born de Barcelona, una de las más señoriales de la ciudad. Había mucha gente de pie. Expectante, como si ocurriera algo extraordinario.

En una primera visualización del entorno desde el interior de nuestro Seat León, parecía que los mismos ciudadanos habían reducido a los agresores y los habían agrupado en las escaleras de la gran puerta del Centro de Cultura y Memoria. Varios ciudadanos increpaban a los reducidos desde una distancia prudente. Bastante furiosos, seguramente a causa de que los hubieran atacado por motivos desconocidos. Y otros ciudadanos impedían que los atacantes se levantaran de la escalera, empujándolos, forcejeando o pegándoles de nuevo.

Pedimos refuerzos de otro coche patrulla y una ambulancia a través de la radio. Tomamos aire y bajamos del automóvil. Todos nos miraban entonces. Éramos el centro de atención, como no podía ser menos. Tan solo al dar unos pasos, una mujer de unos veintiocho años, con cabello rubio, nos informó que los habían atacado mientras tomaban algo en los bares de alrededor de la plaza.

—¡Mira lo que nos han hecho! —nos decía mientras nos enseñaba unos moratones en los hombros y señalaba las magulladuras de su acompañantes.

—Tranquilícese, señora. Viene una ambulancia de camino —contestó firme Julia.

—Esos son los delincuentes, los del suelo —añadió otro hombre menos histérico y con intención de ayudar al mismo tiempo que los señalaba.

Nos dirigíamos a las personas que estaban tiradas en el suelo, en las escaleras previas a la enorme puerta de madera. Esos eran, en principio, los agresores y causantes de ese altercado. Tres jóvenes de unos veinte años. Dos estaban en el suelo de lo alto de la escalera, inconscientes y boca abajo. El tercero, por su parte, luchaba por liberarse de dos ciudadanos que lo retenían inmovilizado en el suelo, también boca abajo y con los brazos detrás de la espalda como si estuviera esposado.

—¡Nos han atacado! —comentó un hombre de unos treinta y ocho años que retuvo al agresor con ayuda de otra persona más o menos de su edad—. Así, sin más.

Había algo muy extraño en ese chico sujetado. No paraba de gemir, gruñir y se sacudía con fuerza para liberarse. Parecía muy irracional y enfurecido. Me posé sobre su espalda y lo esposé con la ayuda de los dos hombres que lo retenían en el suelo. Fue mucho más fácil que las otras veces al disponer de más manos para detener a un agresor.

Julia, por su parte, esposó a los otros dos muchachos inconscientes y los sentó en la escalera con la intención de que estuvieran en una posición más natural. Quería esperar a que despertaran para montar un pequeño interrogatorio que nos diera unas primeras pistas de lo sucedido.

—¡Por favor, cálmese de una vez! —gritaba yo al agresor que había esposado en el suelo.

No había manera, este chico, aun estando aprisionado, trataba de liberarse como si no hubiera un mañana. Lo normal era que ya se hubiera dado por vencido, pero ese se sacudía pese a tener la batalla perdida.

Julia estaba pidiendo declaración a algunas personas testigos del acontecimiento o que incluso habían formado parte de las agresiones aleatorias de estos jóvenes. Porque una cosa teníamos clara desde que recibimos la información por radio: esos tres jóvenes habían atacado como locos a varios transeúntes. Con esto y con lo que estábamos viendo, descartamos que fuera una batalla entre bandas o grupos de jóvenes, un ajuste de cuentas o algo por estilo. Era como si esos jóvenes hubieran decidido competir por ver a cuántas personas eran capaces de agredir por la calle. ¿Sería el nuevo reto viral o un nuevo juego de rol?

La mayoría de los heridos —seis en total— presentaban moratones en algunas partes de su cuerpo junto con alguna camisa o pantalón rasgado, fruto de los forcejeos. Solo tres de ellos presentaban alguna herida de relativa gravedad, como un mordisco o algunos arañazos más profundos. Todo bastante leve. Esperábamos una ambulancia para todos ellos. Una ambulancia que tardaba en llegar.

Fue entonces cuando me evadí un poco de la situación para pensar que, justo antes de ir a la plaza del Born, habíamos escuchado varios altercados por la radio. Quizás por eso los refuerzos y la ambulancia estaban retrasando un poco. Seguí haciendo mi trabajo interrogando a varios testigos junto con Julia, que examinaba a los delincuentes, pero miraba con inquietud al único que no estaba inconsciente y que, pese a estar esposado ya varios minutos, seguía haciendo por liberarse. Increíble.

Era muy extraño. Su manera de gemir, sus gruñidos, su forma de moverse y de gritar sin llegar a formular una palabra. Me fijé más en él. Era un joven de mediana altura y de unos veinte años. De piel morena, pelo muy corto y oscuro. Llevaba un polo de color naranja y unos pantalones piratas de color azul marino. Apretaba la mandíbula con furia y tenía los ojos como platos. Desde mi distancia le podía ver venas rojas en sus ojos. Parecía estar poseído.

Viendo las carteras y documentación que estos portaban en alguno de sus bolsillos, Julia podía comprobar que eran franceses, posiblemente turistas jóvenes que venían aquí a Barcelona a conocer la ciudad y salir de fiesta. Lo típico. Lo que no era típico eran sus formas. No dejaba de ser extraño esa borrachera, esa actitud, esa… lo que fuera que hubieran probado, esnifado, chutado, etc., para comportarse de ese modo.

—Julia, ¿qué opinas? —le pregunté cuando conseguimos que los mirones se alejaran un poco de la escena.

—Pues no sé, Álex. Mira el enfermo este —contestó sorprendida—. ¿Te parece normal?

—No tenemos aviso de ningún tipo de estupefaciente que cause algo así. Debe ser algo nuevo.

Mi respuesta fue lo que me llevó a tener más curiosidad. Intenté examinar por encima a ese joven esposado y enfurecido, pero con la suficiente distancia como para salvarme de un escupitajo o de algún fluido asqueroso del chaval. Lo que no quería es que me pasara cualquier tipo de cosa con su saliva, sudor, etc. A saber, qué habrían probado estos chicos.

El hombre no respondía a ninguna de mis preguntas, pero sí a los estímulos. Me seguía con su mirada. No lograba reprimirse cuando yo le decía que se calmase y que, por favor, se tranquilizara. Movía la cabeza sin mirar a un lugar fijo y cuando parecía serenarse volvía a mirarme furioso. La oscuridad y la distancia no me dejaban ver sus pupilas, pero sí podía ver venillas rojizas en sus ojos, posiblemente de la tensión que tenía. No parecían estar dilatadas las pupilas, fijándome un poco más.

—Joder, ¿es que no van a llegar nunca? —musitó Julia mientras me miraba de reojo con cara enfadada.

Fui hacia el coche a contactar por radio con la central a ver si me podían ofrecer algo de información.

—Aquí Álex, necesitamos una ambulancia en la plaza del Born —pedí con firmeza por el walkie talkie—. Y una patrulla, si es posible, por favor.

No hubo respuesta, pero sí escuche una nueva información. Me detuve a oírla por curiosidad y porque empezaba a preocuparme un poco. Algo no iba bien esta noche. La nueva información por radio pedía que varios coches patrulla fuesen a la Sagrera, donde había nuevos disturbios. Una pelea callejera entre bandas o algo por el estilo. En uno de los barrios más tranquilos de la ciudad, precisamente.

—¡Y una mierda! Lo de la Sagrera son varios tipos como estos tres —musité.

—¿Pasa algo, Álex? —me preguntó Julia.

—Hay más disturbios, ahora en la Sagrera.

—¡Joder! —exclamó Julia.

—¡Espera! —interrumpí a Julia justo cuando iba a decir algo.

Otra nueva información. Ahora un disturbio en la calle Balmes. Al parecer, un grupo de jóvenes y otra pelea más en la calle. La cosa no terminaba ahí. Ahora informaban de que en cuestión de una hora se había recibido en distintos puntos de Barcelona varias peticiones de atención médica y asistencia policial por violencia doméstica.

—¿Lo estás oyendo, Julia?

—Basta de conjeturas. Llama al sargento —ordenó Julia de forma muy directa.

Así lo hice. Al fin y al cabo, Julia era más experta que yo. Yo solo era un joven policía con mucho por aprender, por eso Julia me dejaba tomar la iniciativa en bastantes operaciones, o bien ser yo el que interactuase con los superiores para curtirme en el oficio. Aunque no me gustaba recibir órdenes, lo cierto es que agradecía que ella me dejara ese tipo de cosas a mí.

Marqué el número de nuestro sargento, Arnau Gutiérrez, y enseguida contestó a la llamada.

—¿Agente Torrent? —preguntó la voz ronca de mi sargento al otro lado del teléfono.

—Sargento, tenemos a tres detenidos, no viene la ambulancia y tampoco la patrulla solicitada —expliqué.

—Agente Torrent, escúcheme —pidió, interrumpiéndome—. Nos están notificando decenas de disturbios por toda la ciudad, aparentemente con violencia física por parte de los agresores. Estamos desbordados, hemos pedido refuerzos de fuera de Barcelona para que vengan a ayudar. No sabemos qué pasa con exactitud.

—¿Cómo? —pregunté sorprendido.

—Traigan a los detenidos a la comisaría y pónganse en marcha a ayudar a sus compañeros con los disturbios más cercanos —ordenó—. ¿Lo tiene claro, agente Torrent?

—Muy claro, sargento. Allá vamos —contesté firmemente.

En verdad no lo tenía claro porque estaba en shock tras oír todo esto. Mi cabeza comenzaba sola a hacer sus cábalas. ¿Una droga? ¿Un ataque terrorista organizado? El sargento parecía bastante nervioso y eso que era una persona muy tranquila en general.

Avisé a Julia de lo comentado con el sargento y no le gustó nada la idea de llevar a tres personas raras, drogadas, enfermas o lo que fuese, en el coche patrulla. Comprensible.

—No pienso montar a estos atrás, llámame poco profesional —dijo mientras se colocaba bien la gorra.

—Pero, Julia, ¿los vamos a dejar aquí sin más?

—Que venga una ambulancia y haga sus primeros análisis, antes que nada —me dijo calmada, sincera e incisiva.

—No podemos dejarlos aquí e irnos. No es lógico ni sensato. Por no hablar de la imagen que daríamos yéndonos.

—Los esposamos y luego regresamos —decidió con firmeza.

Sabía que tenía parte de razón. Una cosa era detener a un borracho, a un maleante, a un ratero, etc., pero detener a unas personas que podrían pasarte algún tipo de enfermedad mientras las llevabas al calabozo no me parecía muy adecuado. De hecho, no me parecía adecuada la orden del sargento si lo pensaba con frialdad.

—¡Julia, espera! He escuchado algo en la radio.

En la radio ahora pedían que alguna patrulla cercana se dirigiera a la zona del Raval por un nuevo disturbio del mismo carácter de todos los que estábamos oyendo y del que nos habíamos encargado aquí en el Born.

Ya estaba claro: íbamos a dejar a estos tres agresores esposados en la puerta del museo e íbamos a ir al Raval a intervenir en ese altercado. Íbamos a desobedecer la orden de nuestro sargento, pero estaba seguro de que, con la de casos que se estaban dando esa noche, no le importaría demasiado el hecho de que lleváramos a esos tres delincuentes al calabozo un par de horas más tarde.

Julia arrastró a los dos atacantes aturdidos y los esposó en las rejas de la puerta. Las puertas de ese museo eran robustas, de madera con rejas gruesas de hierro. El otro que trataba de liberarse de todas las maneras tuvo que ser golpeado al final por Julia en la cabeza para quedar inconsciente y poder esposarlo junto a los otros dos. Todo eso ante el asombro de los testigos del Born.

Cuando terminó, fue al coche dando pasos rápidos para llegar cuanto antes al Raval. Yo me dirigí a los testigos de este incidente, solicitando un poco de ayuda y comprensión.

—Disculpad, señores. Están ocurriendo muchos disturbios de esta índole en Barcelona —expliqué bastante sereno a las treinta o cuarenta personas que tenía a mi alrededor—. Vamos a necesitar ayuda vuestra para que vigiléis a estos agresores hasta que volvamos a por ellos en cuanto nos sea posible. Están inmovilizados en la puerta. En principio, no deberían dar ningún problema. Volveremos enseguida.

Caminé hacia el coche, abrí la puerta y entré. En cuanto cerré la puerta, Julia dio marcha atrás para encararse hacia la salida de la plaza. Por el retrovisor contemplé la incredulidad de la gente. La verdad es que era una imagen insólita lo de tener que dejar allí a los delincuentes custodiados por los mismos ciudadanos a los que intentaron agredir. Ni ellos mismos se creían lo que estaba ocurriendo. Supuse que lo que esperaban era que los llevásemos detenidos. Era lo más lógico.

Pusimos la sirena en marcha, giró el coche hacia la derecha para entrar en la vía y lo condujo a alta velocidad por la Avinguda Colón, saltándose todos los semáforos. Al llegar a la estatua de Colón, volvimos a subir por la Rambla. A mitad de la altura de ese emblemático paseo de Barcelona, cruzamos la zona peatonal con nuestro vehículo para llegar a una de las travesías perpendiculares de esa conocida calle de la ciudad condal.

Pincha aquí para leer el capítulo 3

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