Regalo de Navidad: Capítulos 11, 12, 13, 14 y 15 hasta el 7 de enero

Capítulo 11

Cuando nos acercamos a la comisaría, los guardias de seguridad abrieron la puerta corredera metálica para que pudiéramos entrar con el furgón dentro del parking de las instalaciones. Segundos después de entrar, dos agentes cerraron la puerta a mano para hacerlo con más celeridad que de forma automática. Bajamos la rampa para ir al parking que se encontraba en el sótano. Allí nos esperaban dos agentes que ya habían sido avisados de que llevábamos a un herido grave a bordo y a Julia, que tenía una herida de menor gravedad.

Ya dentro del aparcamiento bajamos todos del vehículo. Era un parking espacioso, de unos ochocientos metros cuadrados con bastantes columnas de color blanco, aunque las paredes eran de color gris oscuro. Habría unas treinta plazas para vehículos y entraba poca luz del exterior. Un típico parking, solo que ahora estaba la casuística de que no había ni un solo furgón o coche patrulla aparcado. Debían de haber salido todos durante la caótica noche.

A Julia hubo que ayudarla a bajar por la herida del tobillo mientras que al herido Jaume tuvimos que bajarle entre algunos para ponerlo en la camilla que llevaban los dos agentes que nos aguardaban.

—Nos esperan en la sala de reuniones. No os demoréis —ordenó Marc.

Allí estaba Arnau Gutiérrez para darnos una charla de lo que sucedía en Barcelona y lo que habría que hacer. O eso creía.

—Déjame que te acompañe a la enfermería, Julia.

Dejé que se apoyara en mí para caminar lo más correctamente que pudiera. Cruzamos el parking y subimos por las escaleras que daban a un rellano con máquinas expendedoras. Pasamos por la zona de descanso y al lado ya teníamos la enfermería. Al entrar no había nadie; eso era porque estaban atendiendo al pobre Jaume de la cantidad de heridas que tenía en su cuerpo.

—¿Quieres que me quede aquí contigo hasta que te atiendan?

—No hace falta, Álex. Ve a la sala de reuniones y luego me explicas todo.

La sala de reuniones quedaba en la primera planta. Subí por las escaleras más cercanas y cuando llegué a la puerta estaba abierta de par en par. Dentro había una docena de agentes que comenzaban el turno esa mañana, sentados de cara al sargento Arnau, que estaba de pie delante de las pizarras dando una charla. Entré en la sala con sigilo, procurando molestar lo menos posible y me quedé de pie, apoyado en la pared.

Era una sala de reuniones espaciosa, de unos cien metros cuadrados y de forma rectangular. Las paredes eran blancas y la mayoría estaban cubiertas por fotografías de los caretos de personas en búsqueda y captura, papeles con instrucciones sobre procedimientos, calendarios, distintos planos de la ciudad de Barcelona, mapas de la geografía de la provincia y mapas de la comunidad autónoma. También había diversas pizarras blancas con cosas escritas en ellas y un par de monitores de muchas pulgadas atornillados a las paredes. En una de las esquinas habían apartado una mesa grande para colocar todas las sillas en posición de rueda de prensa.

—Como ya os he dicho, la situación es muy crítica y nos vamos a ver obligados a hacer cosas que en circunstancias normales no haríamos. Recordad todo lo que hemos hablado. Sed fuertes y mucho ánimo.

Era el final del discurso o charla que estaba dando el sargento a los demás agentes. Mi grupo, que aún estaba desperdigado por la comisaría, y yo nos habíamos perdido la totalidad de esa charla. Pero esperaba que, cuando se fueran los doce agentes de la sala, pudiera hablar a solas con él para que me hiciera un resumen de la situación o responderme a varias dudas que tenía.

La docena de agentes saltaron de sus sillas y rápidamente se fueron de la sala. A algunos los saludé tímidamente e intenté frenar a uno para que me explicara algo, pero no hubo tiempo. En cuestión de segundos, me quedé a solas con un cansado sargento que recogía los papeles de su mesa.

El sargento Arnau Gutiérrez era un hombre de unos cincuenta y cinco años. De estatura media. Pelo corto y grisáceo, ojos marrones y cara arrugada propia de la edad y de ser fumador. Era un sargento con personalidad, muy táctico y directo dando instrucciones.

—Sargento, ¿qué está ocurriendo? —pregunté.

—¿Dónde están sus compañeros? —preguntó él mientras ordenaba la mesa sin mirarme.

—Llegarán pronto, yo me he adelantado.

—¿Por qué se ha adelantado? —preguntó mirándome por encima de las gafas.

—Tengo preguntas que no me atrevo a formular delante del resto.

—Adelante, agente Torrent —dijo mientras se guardaba unos bolígrafos en el bolsillo y seguía ordenando los papeles de su mesa.

—He visto a tres agresores que, después de abatirlos y darlos por muertos, se han vuelto a levantar. Incluso uno de ellos intentó atacarme. Sé que es una locura, pero es eso lo que he visto, y me pregunto por qué y qué relación tiene con todo lo que está pasando.

El sargento dejó de ordenar la mesa, levantó la cabeza mirando al techo y sonrió incrédulo. Se le veía cansado. Aunque, más que cansado, yo creía que estaba saturado por lo que estaba ocurriendo, de coordinar todo y de vete a saber qué. Seguro que había muchas cosas que yo aún no conocía.

—¿Sabe? No es el primero del que oigo esa bestialidad. No le puedo decir nada porque no sé nada —concluyó un poco abatido.

En ese momento, llegaron Marc, Ignasi y una decena de agentes a la sala de reuniones. Tal y como entraron, el sargento nos invitó a sentarnos para escuchar su charla. Yo me senté lo más al fondo que pude, como los chicos malos en el colegio e instituto. Siempre hacía eso.

Cuando todos estuvimos sentados, el sargento Arnau se colocó al lado de la mesa, delante de las pizarras y saludó con un seco «buenos días».

—Iré al grano: parece ser que se ha detectado esta noche en el Hospital Clinic un virus, una bacteria extraña o algo por el estilo, y el Gobierno, tanto catalán como español, ha dado la orden de sitiar la ciudad. De hecho, la está sitiando ahora mismo con todos nosotros dentro. Ya no se puede entrar ni salir de la ciudad por la B-23, por la B-10, por la C-31, carreteras secundarias, metro, tren…

El sargento se ayudó con un mapa de Barcelona que había colgado entre las pizarras detrás de él para señalar algunos de los puntos donde se había sitiado la ciudad. Su primera información era importantísima. Básicamente, estábamos encerrados dentro de Barcelona. Era chocante.

—Por lo que se ve, es un protocolo de contención para que no se expanda este virus, bacteria o lo que sea fuera de la ciudad. No me preguntéis acerca de este protocolo porque no está en los manuales básicos. Ni yo mismo sabía que existía tal cosa. Esto viene de bastante arriba y hay mucho secretismo. Desconocemos totalmente cómo ha surgido y cómo se propaga, pero sabemos que provoca una potente agresividad en los infectados, se vuelven violentos y pierden su raciocinio. Y, lo peor de todo, cada vez son más. Se ha pedido a los distintos cuerpos policiales de la ciudad que trabajemos juntos. Todos vamos a comenzar por defender nuestras propias comisarías y a partir de ahí extendernos para proteger cuantos más edificios nos sea posible.

El sargento se llevó una mano a la frente para limpiarse el sudor y se dirigió a su mesa, apoyándose en esta con las dos manos. Después, nos miró a todos.

—No os voy a engañar. La situación es crítica y lo será aún más. Calculan que en doce horas la cantidad de infectados pueda ser de un tercio de la población, si sigue subiendo como hasta ahora. Vamos a vivir momentos muy duros y tenemos que estar muy atentos, concentrados y unidos, o lo pasaremos francamente mal. Ahora, vamos a salir a la calle y, alrededor de esta comisaría, vamos a trazar un perímetro con lo que podamos: vehículos, barreras, contenedores, ametralladoras, árboles, etc. Con cualquier cosa que nos sirva para contener una oleada de esos cabrones. ¡Hay que proteger esta comisaría como sea! Si no lo hacemos, no podremos asistir a los ciudadanos.

No podía creer lo que estaba oyendo. Algunos de nosotros nos mirábamos alucinando con una cara de espanto que no reconoceríamos si nos miráramos en el espejo.

—Una última cosa: algunos de vosotros ya os habéis tenido que enfrentar a esto, pero… ¡no os lo penséis! ¡Disparad a matar! Marc coordinará esta operativa. Id a la armería y recargad vuestras armas.

 

Capítulo 12

Tras semejante discurso nos quedamos todos helados. Supuse que esperábamos un plan más sofisticado y elaborado. Tal vez una misión a gran escala coordinada por varios gobiernos y con más ayuda para reducir el número de lo que ahora sabíamos que eran infectados de algo.

Pero la realidad es que el sargento nos había soltado un discurso que, si lo analizábamos bien y por completo, se reducía a resistir lo que pudiéramos dentro de una ciudad de la que no podíamos escapar. No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que lo de «defender la comisaría lo que podamos para luego extendernos en favor de la ayuda a los ciudadanos» era una mera formalidad. Un discurso políticamente correcto.

Salimos de la sala de reuniones en shock. Confusos. Algunos agentes sacaron algunos segundos para llamar por el móvil y alertar a sus familiares de que no salieran a las calles de la ciudad. Otros para advertir que estaban bien y que todo iba a ir bien. Yo simplemente mandé unos WhatsApp a mi madre y a mi hermana para decirles que no se preocuparan y que se encerraran en casa, y si no estaban en ella que volvieran rápidamente. Que no salieran bajo ningún concepto.

Tanto mi hermana como mi madre eran de un pueblo cercano a Barcelona, Vallirana en concreto. Por la radio no se había escuchado ningún acontecimiento raro allí y todo parecía ocurrir en Barcelona ciudad. Pero, si eso era una infección, nadie sabía hasta dónde podría llegar, aunque sitiaran la ciudad. ¿Y si se propagaba por el aire? Me hacía nuevas preguntas tras el discurso de Arnau Gutiérrez.

Fui hacia la armería. Allí estábamos pidiendo munición, haciendo cola delante del mostrador del armero. Todos tensos y serios en un almacén gris y con poca luz. Una valla metálica y un mostrador separaban la recepción del almacén trasero. Yo esperaba mi turno mientras seguía escribiendo a mi madre. Ella no contestaba porque era temprano todavía y seguramente estaría durmiendo. Mi hermana tampoco daba señales y su última conexión era de hacía una hora y poco. Ya se habría despertado y estaría en su trabajo.

—Álex, toma.

El armero era Albert Julià, un hombre de unos cincuenta años. Era alto y delgado, con el pelo canoso y llevaba gafas. Un buen hombre y agente de policía que tuvo una lesión de rodilla y se le pudo recolocar en este lugar cuando se aprobó que las grandes estaciones policiales dispondrían de un gestor para las armerías.

Cada agente de policía tiene derecho a unas ciento veinte balas al año o ciento cincuenta si ha estado involucrado en algún suceso que le haya exigido cierto gasto de munición. Albert Julià me estaba dando siete paquetes enteros, es decir, más de cien balas. Entre lo que había disparado hasta entonces y esos dos paquetes, ya llegaba a la cantidad anual máxima en tan solo un día. Acojonante, pero necesario.

Eso solo podía significar que la situación era muy jodida. Si al pobre Albert le habían dado la orden de darnos a cada agente varios cargadores enteros sin tener que firmar nosotros nada es que calculaban que íbamos a tener que disparar mucho. Si no firmábamos nada, tal vez era porque ya no importaba. Lo que llevaba a pensar que había grandes probabilidades de no salir de esa. Quizás, el sargento o los distintos sargentos de Barcelona, viendo el protocolo y la situación, ya habían tomado la decisión de actuar como un «sálvese quien pueda».

—¿Vamos a por ellos? —me preguntó motivador Xavier Masegosa.

—¡Por supuesto! —contesté con nulo entusiasmo y una falta de confianza total.

Xavier era también un agente joven, pero no tanto como yo. Él ya no era considerado un novato porque llevaba cinco años en el cuerpo de los Mossos d’Esquadra. Un hombre fuerte, ancho y alto. A pesar de tener treinta y cinco años, aún tenía mucha cara de niño, por decirlo de algún modo. Tenía el pelo corto y rizado. Los ojos de color marrón oscuro. Lo conocía de coincidir en muchos turnos con él, aunque esa semana estaba en turno de mañana y yo de noche. Hablábamos de fútbol y de mujeres habitualmente. Me caía muy bien y era un buen hombre.

Salimos juntos de la armería y caminamos rápido por los pasillos, rumbo a la salida de la comisaría. En cuanto salimos por la puerta del edificio, esperábamos encontrar una guerra, pero no fue así. Era totalmente de día. Detrás del muro blanco no se veían atisbos de violencia. Desde detrás de la verja metálica solo podíamos ver a los agentes que tomaban posición para hacer guardia mientras otros intentaban hacer un muro de coches.

Veíamos en el cielo pasar aviones de combate alemanes cruzando la ciudad y también muchos helicópteros HN90 sobrevolando Barcelona, atentos a todo lo que pasaba con unas ametralladoras enormes que sobresalían de sus costados. En lo que nos alcanzaba la vista, podíamos divisar unos cinco o seis de esos helicópteros cercanos a nuestra zona. Debía haber decenas de esos por toda la ciudad.

—Álex, vamos a hacer lo mismo que ellos, ¿vale?

—Sí. No parecen haber atacantes, creo que podremos mover los coches con cierta seguridad.

—Yo voy al Toyota gris, tú ve al Ibiza negro.

Al cruzar la verja metálica, el agente encargado de abrirla y cerrarla me miró seriamente. Hacía treinta minutos que había estado en la calle y ya volvía a estar sobre ella. Pero esta vez era distinto. Ahora estaba acojonado de verdad. El discurso y la situación real de Barcelona me tenían asustado a diferencia de horas atrás, donde la tensión y la adrenalina habían tomado el control de mi cuerpo y apenas me dejaban pensar en nada más que en batallar.

La amplia Avinguda Paral.lel, de tres carriles en cada sentido y espaciosas aceras para peatones, estaba cortada al tráfico a la altura de plaza Drassanes y también a la altura del Teatre Apol.lo al otro lado.

A paso ligero crucé al otro lado de la avenida para dirigirme a un Seat Ibiza negro que había aparcado detrás de un Toyota que iba a mover mi compañero Xavier. Rompí el cristal de la ventanilla del copiloto de un fuerte golpe con la culata de mi pistola Walther P99. Todos los cristales se desperdigaron dentro del vehículo y pude escuchar cómo crujían también los del coche de mi fornido compañero. Después, introduje la mano para abrir la puerta por dentro con cuidado de no cortarme.

Di la vuelta al coche, abrí la puerta del piloto, quité el freno de mano y, con una mano en el volante y otra en la puerta, empecé a hacer fuerza con los brazos y con el cuerpo hacia delante y hacia detrás para sacar el vehículo de su estacionamiento.

—¡Álex, vamos a ponerlos a continuación de los que están poniendo ellos! —me dijo señalando a otros agentes que hacían exactamente lo mismo que nosotros.

Estábamos creando una hilera de coches cruzados a lo ancho de la Avinguda Paral.lel, a tan solo cien metros de distancia de la comisaría, es decir, en la esquina del mítico Teatre Apol.lo. Al otro lado de la avenida, delante de la glorieta de plaza Drassanes, se estaba haciendo lo mismo. Y en las calles que convergían en el trozo que tratábamos de proteger, también: coches y contenedores de basura cruzados. Estábamos bien coordinados y concienciados.

Parecía que en pocos minutos podríamos hacer una contundente fortificación. Todo eso era posible a tal velocidad porque otros agentes, delante de nosotros, retenían a los ciudadanos que circulaban con sus vehículos. Incluso algunos de ellos eran obligados a bajar del coche, a irse rápidamente a sus casas y a prestar ese vehículo para la «muralla». Todo eso se hacía bajo la incredulidad de la gente que nos miraba desde los balcones y las ventanas. Sacaban fotos y tomaban vídeos como si eso fuera un festejo.

Muchos ciudadanos ya estaban al corriente de lo que pasaba en la ciudad debido a la radio, que no paraba de informar de muchos sucesos en distintas barriadas. Y viendo que los Mossos d’Esquadra estaban como locos por hacer una muralla alrededor de su comisaría, muchos bajaban de su coche y se iban corriendo a un lugar que creían seguro. Otros optaban por cruzar dentro de nuestra muralla y refugiarse en la comisaría. En ese caso, el guardia que estaba en la puerta no los dejaba entrar, pero les invitaba a irse a sus hogares. Y, si se negaban, otros agentes los echaban del perímetro.

Todo estaba más o menos tranquilo cuando sonó el primer disparo y escuchamos algunos gritos de terror. Venía de atrás de nosotros, en la muralla de delante de plaza Drassanes. Nos giramos para ver si podíamos vislumbrar algo, pero solo veíamos a agentes posicionados delante de una muralla de coches concentrados, apuntando y listos para disparar.

—¡Atención! Que nadie se acerque a la muralla de vehículos. Todo el mundo debe dirigirse a su hogar o al establecimiento más cercano. Si alguien osa cruzar el cerco, no dudaremos en usar la fuerza. Repito: ¡que nadie se acerque al cerco!

Eran las palabras de Marc Closa por un megáfono desde la otra punta de la avenida. Y se dirigía a cada uno de los puntos cercados para decir las mismas frases de alerta una y otra vez.

—Es la única forma que tenemos ahora mismo de distinguir a ciudadanos normales de los infectados —dije.

—¿A qué te refieres? —preguntó Xavier.

—Creo que tú eso no lo has visto aún, pero los infectados atacan sin razonar. Les da igual que les digas que no se acerquen a la muralla. Se acercarán sin importarles que les caiga una ráfaga de plomo.

—Entiendo que los ciudadanos normales se alejarán por miedo y esto dejará en evidencia a los atacantes, ¿no?

—Creo que sí —afirmé.

La muralla de coches ya estaba hecha delante de la esquina del Teatre Apol.lo y protegía un ancho de seis carriles para coches y unas amplias aceras. Entre varios agentes nos coordinamos para ponernos cada uno en un punto de esa muralla y montar guardia con el arma muy a mano por si veíamos algo o a alguien extraño. A mí me tocó estar justamente delante del coche que había movido para colocarlo ahí.

De momento, no pasaba nada. Lo único que veíamos era gente escapar de sus vehículos y abandonarlos en mitad de un atasco monumental. Todos hacían exactamente lo mismo. Salir del coche asustados, mirando a todos los lados, de cuclillas prácticamente y después huían despavoridos. Algunos se molestaban en cerrar la puerta del vehículo, otros escapaban sin más.

—Esto es una locura, Álex. Nunca hemos hecho nada igual, ni siquiera en el atentado de Barcelona del año 2017 —dijo Xavier.

—Menos mal que no has estado esta noche en plaza Catalunya, ha sido una auténtica masacre. No se me va a ir nunca de la cabeza —contesté mientras negaba con la cabeza y apretando los labios.

—¿Muy duro?

—Habremos dejado ahí más de quinientos cadáveres. Salían infectados de todas partes, aunque en esos momentos no sabíamos lo que era. Yo particularmente pensaba que era una droga o algo por el estilo.

—¿Pero infectados de qué? ¿Qué virus provoca esto y tan rápido? —preguntó asustado Xavier.

—No lo sé. Solo se me ocurre alguna enfermedad mental.

Pensaba en qué tipo de enfermedades podían causar un estado de agresividad tan grande como el que acontecía en la ciudad. ¿Esquizofrenia? ¿Trastorno bipolar? Como no conocía mucho ese tipo de temas no era capaz de pensar en algo claro. Pero tenía curiosidad en qué sería ese virus o bacteria.

—¡Atención! ¡A nuestras doce! —alertó Xavier.

Ahí venía uno, corriendo hacia nosotros entre los coches abandonados del carril central de la avenida. Gracias a la experiencia de esa noche ya había aprendido a distinguirlos por su cara de furia.

Era un hombre de raza negra, alto y delgado. Con barba, camiseta verde y pantalón pirata vaquero. Su cara mostraba signos de rabia con esos ojos enrojecidos, cejas fruncidas y apretando con fuerza la dentadura. Corría a gran velocidad hacia nosotros con una mano en las costillas, donde parecía tener una herida importante, pues tenía todo el costado manchado de sangre.

—¡No se mueva! —gritó Marc por el megáfono.

El hombre no hizo ningún caso y siguió su curso de forma inalterada. Corriendo con una pequeña cojera que seguramente le producía el dolor en las costillas. En cuanto llegó a los veinte metros de la barrera de coches, disparé. Fui el primero en hacerlo. Seguramente, porque ya había vivido esa experiencia, sabía que no se detendría y quería asegurar que no se acercara ni lo más mínimo.

Mi disparo impactó en el pecho, pero eso no le hizo caer. Lo que le hizo caer fue el aluvión de balas que acompañaron a mi disparo. Mis compañeros habían disparado segundos más tarde que yo. El hombre de raza negra cayó al suelo de espaldas con las rodillas flexionadas a consecuencia de seis balazos en el pecho. ¿Muerto? Lo parecía, pero ya sabía yo que podía levantarse como había visto varias veces durante la madrugada. De hecho, no le disparé en la cabeza para comprobarlo una vez más.

—Xavier, quiero que te fijes en una cosa.

—Sí, dime.

—No quiero que pierdas de vista al hombre que acabamos de abatir —le dije confiado.

—No lo voy a perder, lo tenemos aquí delante. ¿Por qué me dices esto?

—Porque se va a levantar —contesté.

Xavier giró su cabeza para mirarme alucinando. Ya esperaba yo una reacción así, como si estuviera loco. Pero creo que le di una buena orden.

 

Capítulo 13

¿Qué está ocurriendo en Barcelona?

La ciudad de Barcelona ha amanecido hoy con un elevadísimo número de disturbios durante la madrugada. Cada uno de ellos en distintos puntos de la ciudad y con un número considerable de personas implicadas en este acto desmesurado de vandalismo. Policía Nacional, Local, Mossos d’Esquadra y Guardia Civil han tenido que coordinarse entre ellos para paliar esta hemorragia de violencia. Sigue habiendo puntos de conflicto en Barcelona como en la Sagrera, Poble Nou, el Carmel o en Sants. Hay víctimas mortales.

Periódico 20 minutos, 29 de junio de 2019, a las 07:34 horas.

Eva llevaba media hora comprobando que la noticia más reciente en Google era de una antigüedad de treinta minutos o más. Eso la extrañaba mucho. Que una ciudad mundial como Barcelona se estuviera sitiando entera, con centenares de altercados violentos, varios muertos, muchos heridos y estuviera siendo sobrevolada por infinidad de helicópteros y aviones de guerra alemanes, eran motivos para que cada minuto saliera algo de información en distintos medios de comunicación.

En la radio también habían dejado de ofrecer las cascadas de información para informar a cuenta gotas lo que estaba sucediendo. Eva tenía una aplicación en el móvil para poder ver los canales de distintas televisiones nacionales y europeas, y se estaba dando cuenta de que muy pocas cadenas seguían de cerca lo de Barcelona. La mayoría de cadenas habían vuelto a sus programaciones habituales, olvidando los sucesos del día de hoy.

—Esto es muy raro, Miquel. Actualizo el buscador, pero no salen noticias nuevas, ni siquiera de nuestra empresa.

—A mí me pasa igual, y no es la cobertura del teléfono.

—Voy a llamar a Kube, creo que ya estará operativo —dijo Eva.

Eva buscó el contacto de su compañero y presionó el botón de llamar. En tres segundos ya obtuvo respuesta. Y, después, de un rápido saludo, la periodista fue al grano.

—Kube, ¿estás investigando algo en tu hábitat?

—Estoy rascando de forma superficial.

—¿Y qué opinas? —preguntó Eva mientras miraba uno de los helicópteros cercanos que sobrevolaban la zona.

—A simple vista, no veo nada aparte de que los distintas cadenas de televisión y radio han decidido obviar lo de Barcelona.

—Sí, eso ya lo he visto. ¿Pero por algún motivo en especial?

—Para saber eso tendría que acceder al sistema informático de cuerpos policiales, instituciones gubernamentales, ejércitos, etc. Y hay que tener mucho cuidado con eso.

Kube era un periodista de treinta y ocho años. Se graduó con buena nota en la Universidad de Periodismo de Madrid, aunque no era considerado dentro del grupo uno de los mejores en su oficio. Gracias a su turbio pasado como pirata informático, con varias denuncias a su espalda, fue considerado valioso por TV3. Su habilidad informática era muy alta, por lo que podría ser un elemento clave para desenquistar algunas investigaciones, acceder a ciertas informaciones o introducirse en algunos lugares virtuales, aunque fuera de forma ilegal. Por eso estaba en Descobreix. Y dentro del equipo, la especialidad de él era conseguir cosas mediante ordenador. A eso le denominaban su hábitat.

Su verdadero nombre era Ramón Pérez, aunque se hacía llamar Kube por ser amante de la película canadiense Cube, solo que él había cambiado la «C» por la «K».

—¿Y qué me dices de esto? Hace media hora había una noticia en La Vanguardia de que al President de la Generalitat lo habían trasladado urgentemente de Barcelona a media noche. Y ya no está —dijo Eva.

—Está claro que lo han borrado. ¿De verdad me necesitas para deducir ese tipo de cosas? —contesto irónicamente Kube.

—Capullo, eso ya lo sé. Pero quiero saber quién y por qué. Quiero que te introduzcas en el sistema de los Mossos d’Esquadra o de la Policía Nacional y saques la mayor información posible. Quiero saber exactamente qué ocurre, porque ya me estoy oliendo que va a haber mucho secretismo con esto y también me da que no se va a decir la verdad.

—Lo que me pides es muy costoso. Una cosa es hackear el sistema de pequeñas o medianas empresas, y otra cosa es esto que pides. Es mucho más arriesgado. Estamos hablando de organismos policiales del estado.

—Pero tú puedes hacerlo, ¿verdad?

—Poder, podría, claro. Pero si la operación saliese mal, TV3 quedaría muy mal parada y todos nosotros en la calle con cargos de espionaje. Cárcel, con total seguridad.

Eva quedó callada durante unos segundos moviendo la cabeza en claro gesto de indignación.

—¿Dónde estás ahora mismo? —preguntó Kube.

—Delante de la entrada de Barcelona, donde han puesto varios muros de contención. Esperando a ver si pasa algo importante. Estoy con Miquel.

—Dame unos minutos, voy a intentar una cosa.

Cuando dejaron de hablar por teléfono, Eva y Miquel siguieron esperando a ver si pasaba algo cerca del muro. Miquel y Eva se encendieron otro cigarrillo. Los demás coches hacía un rato que ya circulaban cruzando la mediana para ir en sentido contrario. Y ellos lo máximo que habían visto en ese espacio de tiempo era cómo llegaban más soldados en furgones negros para reforzar la zona del muro de contención. Miquel se introdujo en su coche para escuchar más de cerca las noticias de la radio. Y, al minuto, salió del Qashqai alterado.

—Ébola —gritó Miquel.

—¿Qué?

—Acabo de oírlo en la radio. Dicen que hay varios brotes de ébola.

Eva tiró su cigarrillo y como una bala se introdujo en el coche para oír también la noticia.

—Los enfermos de ébola no se vuelven locos y agreden a la gente —dijo Eva.

—Emisora RTVE —mencionó Miquel.

En RTVE se informaba que se habían detectado brotes de ébola en distintos hospitales de Barcelona y que el Gobierno había dado la orden de sitiar la ciudad para mantener localizada la enfermedad y tratar de contrarrestarla.

También decía que los numerosos altercados violentos de esa madrugada eran debido al nerviosismo de los infectados. Durante las primeras horas de la mañana, se habían desplazado infinidad de servicios médicos de países cercanos como Francia, Alemania, Portugal o Bélgica para asistir a los pacientes, que calculaban unos quince infectados.

—Esto no es correcto. Llevo aquí cuatro horas y no se ha acercado ni una sola ambulancia —dijo Eva molesta.

—Yo tampoco he visto ningún avión o helicóptero aterrizar dentro de la ciudad.

—Cambia de emisora. Pon la nuestra a ver qué decimos nosotros.

En Catalunya Ràdio solo se podía escuchar anuncios de seguros de hogar, promociones de eventos deportivos próximos y anuncios de talleres donde llevar tu vehículo a reparar.

—¿Qué mierda es esta?

—¿Seguro que estás en nuestra emisora, Miquel?

—Maldita sea, ¿crees que soy lerdo? Es nuestra puta emisora, Eva. Y están anunciado Direct Seguros mientras sale a la luz esto del ébola —contestó con mucha indignación.

—Cambia. Pon RAC1 —ordenó ella.

Esa emisora también estaba con anuncios. Eva y Miquel consideraron eso muy sospechoso, por lo que decidieron probar con otra emisora. Esta vez con Onda Cero y con el mismo resultado. Y, luego, lo mismo con otras de más tirón nacional como COPE o la SER. También probaron con varias emisoras destinadas principalmente a la música como Cuarenta Principales, Europa FM o Flaix FM. En ellas solo se escuchaba el hilo musical, pero ni un solo comentario de lo que sucedía en Barcelona.

—Esto es raro, Miquel. Un atentado o ébola en Barcelona y todas las emisoras en anuncios o poniendo música. Aquí está sucediendo algo. Tengo una extraña sensación. No me gusta esto.

Eva cogió de nuevo el móvil y abrió WhatsApp para preguntar cómo le iba la búsqueda a Kube. Al ver los chats se dio cuenta de que en muchos ponía «este mensaje fue eliminado». Entró en todos para descubrir que lo que se había eliminado eran los vídeos violentos de Barcelona que le habían estado llegando durante horas.

—¡Maldita sea! Los están borrando —exclamó Eva alterada.

—¡Joder! Mis vídeos también —dijo Miquel mientras observaba atento la pantalla de su celular.

Eva era muy buena para deducir cosas. Eso le había llevado a ser una promesa dentro del mundo del periodismo. Si Eva tenía una extraña sensación, lo más seguro es que hubiese algo raro en el asunto que acontecía.

Ella ya sabía que algo gordo estaba pasando. Lo notaba. Y por la escasa información que estaba llegando en la última hora, todo lo extraño que sucedía alrededor de Barcelona y que, de repente, se hubieran borrado todos los vídeos que tenía en el móvil le hacía sospechar algo turbio, muy turbio.

—¿Qué opinas, Miquel?

—Parece como si desde muy arriba se haya dado orden de desinformar al ciudadano corriente.

—Sí, es la sensación que yo tengo.

—Vuelve a llamar a Kube, necesitamos que mueva algunos hilos —ordenó Miquel.

Eva buscó el contacto de Kube para hablar con él vía teléfono. Ambos tenían claro que estaban pasando cosas o, mejor dicho, que comenzaban a ocultarse cosas. Y que, para empezar, una investigación iban a necesitar una directriz. Esa directriz tenía que venir de su compañero, pues ellos lo único que podían hacer era seguir la actualidad.

—¿Kube?

—Dime, Eva, no te oigo muy bien.

—¿Cómo lo llevas?

—Pues tendrías que venir y ver todo lo que estoy indagando.

—¿Qué has encontrado? —preguntó mientras miraba a sus alrededores.

Kube no había hackeado ningún sistema para encontrar información para el equipo. Eso era complicado, aunque lo podía hacer, claro. Se expondría a que lo detectaran y le caerían unos buenos años en el calabozo si tenía mala suerte.

Kube tenía un amigo alemán que era hacker al igual que él, con la diferencia de que este trabajaba para el Gobierno alemán en cuanto a la seguridad de los servidores informáticos se refería. Durante años, habían forjado una ciberamistad en distintas salas de póker online, jugando en ellas durante tardes y noches completas. Nunca se habían visto en persona, pero se consideraban muy buenos amigos.

Para Kube fue tan fácil como hablarle por la web y decirle: «Gib mir etwas» —«dame algo»—, en alemán. El hacker alemán contestó también escuetamente: «Babette-Protokoll». Ambos sabían de qué hablaban sin tener que saludarse o explicarse.

—¿Qué es el Babette-Protokoll? —preguntó Eva.

—He mirado un poco por internet, pero no hay nada sobre esto —contestó Kube.

—Lo estoy viendo yo también con el portátil y solo me salen enlaces que te dirigen a perfiles de Facebook y otras redes sociales de personas con ese nombre.

—Si encuentro algo más, te aviso.

—Aunque te lo ordene Pons, quédate en tu hábitat. Te necesitamos ahí —ordenó Eva.

Tras colgar la llamada, Eva se dijo a sí misma que Babette significa Bárbara en español. Babette era un nombre en francés, sin embargo, esta información procedía de un hacker alemán. Cada vez tenía más curiosidad.

Buscaba en Google todo lo relacionado con esas dos palabras en todos los idiomas que relacionaba: Bárbara, protocolo, tipos de protocolo, enfermedad Bárbara, ébola Bárbara, estado sitio Bárbara, etc. Pero no encontraba más que cosas que nada tenía que ver con la situación actual.

Las fotos y noticias de famosas Bárbaras como Streisand, Rey o Bush era lo que más aparecía en las búsquedas. Y ella se frustraba. Decidió que lo mejor era ver todo este tipo de información en casa de Kube.

—Miquel, te vas a quedar aquí solo.

—¿A dónde vas? —preguntó.

—Voy a ver a Kube, está encontrando cosas interesantes y necesito estar allí. Además, me estoy quedando sin batería.

—Está bien. Me quedaré yo aquí a grabar si hay algo importante.

—Mantenme informada, por favor —pidió la periodista.

—Sí, pero ten cuidado con mi coche, ¿quieres?

Miquel bajó de su Nissan Qashqai, recogió algunos de sus trastos y se instaló fuera, en el arcén de la autovía. Eva arrancó e, intentando colarse con cuidado entre algún coche que circulara despacio, se situó en el carril central para adelantar unos metros y finalmente dar la vuelta por la mediana.

Justo al parar un segundo en esa mediana, se cruzó con el mismo militar con el que habían hablado y los había obligado a irse del lugar. Este hacía guardia allí y ayudaba un poco a dirigir el tráfico al sentido contrario. La miró muy fijamente, desafiante. Eva se asustó, tragó saliva y siguió su marcha. Ya se dirigía rumbo a Sant Andreu de la Barca, una localidad no muy lejana de la ciudad de Barcelona. Kube vivía allí.

 

Capítulo 14

¿Ébola en Barcelona?

Hasta ahora, todos los episodios de violencia dentro de la ciudad de Barcelona habían sido relacionados con un atentado terrorista por algunas fuentes de información no demasiado fiables. Pero parece ser que el fruto de esta ola masiva de terror es debido a brotes de ébola. Pendiente de confirmar por las autoridades del lugar, todo apunta a que es debido a esta enfermedad y que lo del atentado quedaría descartado. Lo que sí es cierto es que la confusión es muy alta tanto dentro como fuera de la ciudad. Y que, si finalmente el ébola es la causa, el problema a nivel sanitario será enorme no solo para la ciudad, sino también para el país y la propia Unión Europea.

Periódico El Mundo, 29 de junio de 2019, a las 08:44 horas.

De camino a Sant Andreu de la Barca, el tránsito era denso, por lo que Eva no podía ir a gran velocidad por la autovía. Aprovechaba las retenciones para buscar información y contrastar noticias. En cuanto Eva leyó la noticia de El Mundo, se enfureció pensando que eso no podía ser.

La periodista quería reunirse rápido con Kube, tenía mucha intriga. De Esplugues a su pueblo eran tan solo quince minutos en un día completamente normal. Pero con lo ocurrido llevaba ya casi una hora al volante para recorrer tan solo diez kilómetros. Estaba cerca de Pallejà, el pueblo de al lado de donde quería ir. Le quedaba ya poco.

Mientras conducía, Eva vio un WhatsApp de Kube, en el que le decía que había encontrado algo más sobre el Babette-Protokoll. Le había enviado una imagen, pero no se descargaba y no la podía ver.

—¡Maldita sea! —exclamó enfurecida.

Al parecer, WhatsApp no funcionaba del todo bien. Tardaban en enviarse los mensajes, no llegaba nada o, de repente, llegaba todo a la vez. No se podía descargar nada y si buscabas algo en Google, lo normal era que te diera error y que lo volvieras a intentar más tarde. Era desesperante para ella y se moría de ganas de hablar con Kube.

Finalmente, llegó a su destino media hora después. Él vivía en una casa unifamiliar de un barrio de buen nivel llamado El Palau. Se había comprado la casa con las ganancias que tenía en el póker online, su segundo trabajo al margen de periodista en TV3. Un hombre soltero con infinidad de lujos y sueldos.

Eva aparcó en el vado de su casa, bajó del coche de Miquel con su portátil y llamó al timbre. Se encendió un cigarrillo y esperó a que contestaran. Notó que era observada por el interfono y se abrió la puerta.

Eva entró en la casa grande y en el amplio comedor la esperaba Kube con un pijama ancho y negro. Él era alto, muy blanquito de piel, con el pelo castaño y corto, muy delgado y con barba de dos días.

—No he podido ver la imagen que me has enviado —dijo ella.

—Mira, ven a mi salita.

La salita de Kube era de color gris con armarios, un escritorio largo y estanterías de color negro. La pared estaba repleta de posters de cómics donde destacaban los de Batman y los de Watchmen. Bastante desorden en esa sala con papeles por todas partes, una papelera desbordada y algunas latas vacías de cerveza y Coca-Cola en ese largo escritorio. Tenía dos ordenadores de sobremesa y otros dos portátiles. Además de varios dispositivos como tablets, discos duros portátiles, cajas de herramientas y teclados.

—He estado indagando sobre Babette. Y me han aparecido todo tipo de cosas que no interesan: mujeres, santas, famosas, etc. Lo que tú ya habrás visto —explicó Kube.

—Ve al grano, háblame de las que sí interesan —dijo muy directa y seria la periodista.

—Babette es el nombre de una isla de la Polinesia Francesa.

Kube se sentó en su escritorio y, en los mapas de Google, rodeó con el ratón la diminuta isla del océano Pacífico para que la viera Eva.

—En Google Maps, si pones Babette, te salen restaurantes. Así que, por curiosidad,  me puse a buscar «montaña Babette», «lago Babette», «río Babette», etc.

—Y diste con esa isla poniendo «Île de Babette».

—Sí, y me llevó a la ubicación que te muestro. Pero pones isla de Babette en el buscador, en cualquier idioma, y no aparece absolutamente nada, como si esa isla no existiera. No hay nada escrito sobre ella, en ningún idioma, ni siquiera en francés. Pero si lo pones en Google Maps te indica que está en la Polinesia Francesa.

—Qué extraño todo esto —comentó Eva sin llegar a comprender bien la relación.

—El caso es que me voy a la isla, le doy a ver cómo es su visión desde el satélite y… ¡desaparece! ¿Lo ves? Todo azul, es decir, agua.

—Vale, tenemos el nombre de un protocolo del que no hay nada en internet sobre él, y una isla que sale en los mapas, pero de la que tampoco hay nada escrito en internet. ¿Qué relación hay con lo que ocurre en Barcelona?

—A lo mejor no tiene nada que ver —contestó Kube.

—Sí, sí tiene que ver. No es casualidad. ¿Tienes algún amigo hacker francés?

Kube suspiró y afirmó que conocía a alguien, pero no como para pedirle una información así, si es que realmente esa información existía.

—Creo que en esta información hay algo importantísimo. Lo presiento. ¿Puedes introducirte en el sistema del Gobierno francés? —preguntó Eva.

—Puedo, pero es demasiado arriesgado. Me pueden joder. Y no me la voy a jugar por algo que ni siquiera sabemos si significa algo —justificó.

—Vale, pues no lo hagas tú.

—¿A qué te refieres?

—Pídeselo al que te ha dado lo del Babette-Protokoll —comentó Eva—. Puedes ofrecerle una muy buena recompensa, estás forrado de billetes.

—Puedo intentarlo, sí.

Kube suspiró una vez más, se le veía tenso. Pedirle eso a su amigo alemán no sabía en qué podría derivar y si la confianza se iba a resentir.

—Voy a hacerlo porque la situación es la que es en Barcelona, pero que quede claro que este es un favor enorme.

—Si sale bien, no te preocupes porque TV3 te ingresará lo que le hayas ofrecido a tu amigo.

El hacker pidió a Eva que saliera de la habitación y esperara en el comedor a que él realizara las gestiones oportunas. Kube, a través del chat, le ofreció cincuenta mil euros por la siguiente misión: introducirse en el sistema informático francés y encontrar cualquier archivo relacionado con «Île de Babette». El alemán escribió que lo haría por el doble. Kube accedió a regañadientes.

El periodista se llevaba las manos a la cabeza por el dineral que le iba a costar, pero merecía la pena que se encargara otro de esa operación. De ser pillado, era cárcel de por vida. Además, un amigo que trabajaba dentro de la seguridad informática del Gobierno alemán seguro que lo tenía todo más fácil para acceder a la seguridad francesa.

Eva estuvo esperando durante dos horas buscando en la televisión y en el portátil noticias sobre Barcelona. De vez en cuando, hablaba con Miquel y Carles para ver cómo estaba la situación y si sucedía algo destacable en el perímetro del muro, pero la respuesta siempre era negativa. Otros ratos los pasaba en la cocina fumando un cigarrillo, pensativa.

 

Capítulo 15

—¿Me tomas el pelo? —eso fue lo que me preguntó Xavier. Yo sonreía un poco avergonzado pese a que la situación no era para sonreír ni siquiera un poco. Acabábamos de matar a un hombre. Pero estaba tan confiado que deseaba que se levantara solo para que me diera la razón, por encima de todo. No hubo tiempo para seguir esa conversación porque enseguida se escucharon más disparos que provenían de la muralla de Drassanes.

Uno de los helicópteros cercanos se quedó sobrevolando por encima de nosotros y eso nos llamó la atención. Iban armados hasta los dientes con ametralladoras que sobresalían de los laterales del helicóptero gris y negro. Volaba en círculos, como vigilando la zona. Yo pensaba que, si estaba tan equipado, era porque nos iba a ayudar en algunos momentos contra los infectados. Tal vez asistiéndonos con artillería o descargando munición y armamento para nosotros.

Habíamos avistado ahora a dos infectados que se dirigían hacia nosotros. Ahora lo hacían por la acera, por el flanco que vigilaba Ignasi, el compañero fornido que tuve a mi lado en plaza Catalunya. Él ya había vivido esa situación, así que no se lo pensó dos veces. Abrió fuego él mismo contra el que más cerca le quedaba, que estaba a unos cincuenta metros, pero logró abatirlo de dos disparos. Y al que venía detrás, exactamente igual. Los demás no llegamos ni a disparar.

Los dos cadáveres quedaron tendidos en el suelo, y fue tan rápido que apenas pude verlo. Tampoco pude ver demasiado, pues los coches parados en mitad de las vías impedían mi visión.

Miraba a mis lados y veía a unos diez agentes inmóviles detrás de una barrera de coches. Todos apuntábamos por el hueco que dejaban los capós, suponiendo que los agresores no subieran por encima del techo que era la parte más alta de un vehículo.

—¿Sigues queriendo que me fije en el negro? —me preguntó Xavier.

El primer infectado que abatimos seguía inmóvil en el suelo, rodeándole un charco de sangre granate. Justo en ese momento, apareció por detrás Marc Closa con otro compañero. Iban a instalar una ametralladora M249 encima del capó del Ibiza Negro.

—Álex, desplázate hacia Xavier. Vamos a instalar esta preciosidad —me ordenó Marc.

—¿Hay algún problema?

—La situación está muy jodida al norte de la ciudad. Ya nos podemos ir preparando —comentó Marc sin dejar de instalar la ametralladora, atornillándola en el capó.

Ahora estaba más cerca de Xavier, con una visión más directa del segundo carril de la avenida. Una pena, me gustaba más estar en el centro de la avenida, gozaba de más visión. Pero por lo menos tenía al lado un arma que era capaz de disparar novecientas balas por minuto. Si habíamos sacado ese tipo de armamento, era porque las cosas se podían poner muy feas.

—¡Toma! Son granadas, ten cuidado al usarlas.

Marc me dio un par de granadas de mano de color negras sin apenas mirarme. Lo mismo hizo con todos los que estábamos en la muralla de coches y después se fue corriendo hacia la comisaría dejando a un compañero al mando de la ametralladora.

Ese era Santi Llopart, un compañero alto y un poco delgado para estar en el cuerpo, pero era un buen agente. Muy servicial y diplomático. Era moreno, de unos cuarenta y cuatro años, con el pelo muy corto y con entradas. Cuando lo miré, me devolvió la mirada con una sonrisa y un guiño de ojo. Sin duda, él se sentía más protegido con ese juguete metálico del que le colgaba unos buenos metros de munición, que yo con mi pistola.

—Xavier, creo que estamos en el lado jodido —le dije.

—Ya me he percatado. Deberíamos haber ido a Drassanes —contestó.

En el trozo que teníamos cubierto desde el Teatre Apol.lo hasta Drassanes había tres calles estrechas que desembocaban en la avenida. Varios agentes habían colocado vehículos ahí y, no solo eso, los habían volcado de lado y acumulado ahí contenedores de basura, de vidrio y de cartón. De esta forma, era más difícil que accedieran por esas calles y no habría que protegerlas tanto. Podíamos destinar más personal a proteger las posiciones del Teatre y de la glorieta.

—¡Mierda! —exclamó Xavier.

Xavier acababa de ver cómo el hombre negro que habíamos abatido empezaba a moverse en el suelo e intentaba levantarse con gestos de dolor, eso sí.

—No puede ser. Esto… no puede ser —titubeó.

—Ya te lo dije, esos cabrones se levantan. Debe ser cosa de la enfermedad que tienen —afirmé.

—Pero… es imposible —dijo Xavier mientras apuntaba con su pistola al hombre negro de barba.

—Creo que solo logras acabar con ellos si les disparas en la cabeza. Por eso creo que debe ser alguna enfermedad neuronal.

—Voy a probar.

Xavier, nervioso, apuntó a la cabeza del individuo que intentaba levantarse. En cuanto este se puso de pie, se encontró completamente aturdido, desorientado y gimiendo de dolor, pero seguía teniendo los ojos enrojecidos y babeaba sin parar. Miraba alrededor como intentando orientarse mientras respiraba de forma abrupta. En ese momento, Xavier disparó y el impacto fue a la cabeza, en el lateral. Cayó redondo al suelo formando un buen reguero de sangre en el pavimento.

—Este ya no se levanta —dije.

Xavier me miraba sorprendido sin entender lo que había visto. Conocía esa sensación, pero me alegraba de no ser el único que había visto ese suceso tan paranormal. Por lo menos, ahora ya sabía que Xavier, alguno más que lo comentó al sargento y yo sabíamos que los muertos se levantaban del suelo. Resucitaban.

Algunos agentes de nuestro alrededor murmullaban intentando dar explicación a lo que acababan de ver y al acto de Xavier. Todos muy confusos y con caras de pasmarotes.

 

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